Las imágenes que uso en este blog son tomadas de Google, en caso de que alguien se sienta invadido por favor hágamelo saber que serán retiradas de inmediato.
sábado, 30 de octubre de 2021
El olivar del miedo
sábado, 16 de octubre de 2021
La leyenda de la fuente de Torralva
Cuentan que entrada la noche se acercaba un joven y apuesto a la fuente del Conde de Torralva donde a diario lo esperaba una bella doncella, para escuchar las dulces melodías que el le cantaba a media voz, algunos aseguraban que era el espíritu del mismísimo Conde, cautivado por aquella doncella, cual belleza resaltaba al mirarse en el raudal de agua procedente del manantial del Alamillo.
Otros contaban no muy lejos de la realidad que quien se acercaba a la fuente era un joven que vivía por los limites próximos a Jaén, y para encontrase con su amada lo hacía en aquel abrevadero muy cerca del convento de la Merced.
Cierta noche invernal el cielo se cubrió de nubes amenazantes y el lugar lo envolvía la oscuridad de una noche sin luna, una noche en el que el viento soplaba furioso como jamás soplo en Jaén, una noche fatídica donde aquella dama empujada por el viento de Jabalcuz, cayó al abrevadero con tan mala fortuna que golpeándose en la cabeza perdió la vida. El joven al llegar se encontró con el fatal desenlace y siendo acusado por varios vecinos se dio a la fuga, dando a pensar que fue él, el asesino de la joven doncella.
Aquel echo le impulsó a
adentrarse en la sierra, se introdujo en el mundo de la delincuencia al unirse
a un grupo de bandoleros armado con navajas, que extendían el terror por un
centenar de pueblo, secuaces que entregaban sus vidas al asalto de carruajes y
diligencias las que cruzaban las sierras dirección a Granada.
Pasado un tiempo el joven
viendo que aquello del bandolerismo no era lo suyo, decidió abandonar y
regresar a la capital para entregarse a las autoridades para que hiciesen con
él lo que fuese necesario.
El joven al ser cristiano y encontrándose
con la Iglesia de la Merced abierta decidió entrar en ella, la oscuridad
envolvía el templo mientras en una de las capillas del fondo lucias docenas de
velas aquello le llamo la atención y arrimándose pudo comprobar como una Imagen
lo atraía hacía el, Tomas se inclinó y humillándose le pidió perdón y
clemencia, perdón por las fechorías que estava haciendo, y clemencia por huir y
no dar la cara cuando su amada perdió la vida.
El joven a hurtadillas, noches
tras noche subía al campanario para observar el abrevadero donde los dias de
luna llena se reflejaba la silueta de su bella amada, mientras él lloraba desde
allí la muerte de su amada dama.
martes, 5 de octubre de 2021
La leyenda del caballo de Manolito Ruiz
Cuentan los antiguos que Manuel Ruíz fue un acaudalado personaje de nuestro Jaén de antaño: maestro; alcalde de Jaén; presidente de la Diputación Provincial; diputado a Cortes por la circunscripción de Martos por el Partido Liberal Conservador; poseedor de distinciones y reconocimientos como la Gran Cruz del Mérito Agrícola, las encomiendas de Carlos III y de Beneficencia, la Gran Cruz de Alfonso XIII, con el que cazaba en fincas propiedad de Manolito. Se le homenajeó en 1914 y se le puso nombre a una calle cerca del castillo, y dios sabe que cosa más.
Personaje que nació y vivió en la desaparecida casa de la calle Tiradores esquina con la desaparecida Plaza de las Cruces. Cuentan que por su forma de ser era capaz de relacionarse con el mismísimo Rey asi como con cualquier humilde campesino de nuestras tierras, tal era su campechanería que todo el mundo en Jaén y fuera de nuestras tierras lo conociesen por “Manolito Ruiz”
martes, 21 de septiembre de 2021
El Señor de los tres huevos (Leyenda)
Se cuenta que desde tiempo inmemorial, aproximado al 1635, que en la Ciudad de Jaén en una de aquellas noches invernales de frío, lluvia y viento, un respetable fraile ya anciano andaba apoyado en su bastón pidiendo asilo casa por casa.
El pobre hombre vagaba desorientado ya que desconocía la ciudad a la que llegaba con la intención de incorporarse a uno de tantos conventos que había en la época en nuestra ciudad de Jaén.
Aquella noche el fraile bajo la intensa lluvia se adentraba en la calle Veracruz, deteniéndose ante la tercera puerta y dando varios golpes.
- ¿Quién va? Dijo una voz temblorosa.
- Ave María Purísima, contestó empapado el viejo fraile.
- Soy gente de paz que pregona la palabra de Dios.
Con un candil en su mano, Gregorio de un golpe corrió el cerrojo de su puerta, y al abrirla se encontraron cara a cara dos ancianos, en aquel momento al encontrarse los dos hombres, de la nada surgió la esperanza.
+Pase buen hombre - le dijo Gregorio con su tono humilde de voz.
Voz tan humilde como aquella casa, donde una miga de pan era un manjar, el fraile apoyado en su bastón subió la escalera detrás del anciano que tembloroso soportaba el candil con su mano derecha, al llegar a la estancia y encontrarse con la anciana mujer de Gregorio el fraile descubrió su cabeza oculta por la capucha de su hábito y volvió a murmurar aquella frase del principio, Ave María Purísima, en aquel momento se hizo el silencio entre los tres, solamente se escuchaba el viento y el agua que golpeaba los cristales de aquella humilde vivienda. Fueron unos minutos y fue la eternidad.
El fraile bajo su cara humillándose y comenzó a relatar: Me llamo Francisco y vengo desde tierras lejanas, solo les pido asilo por una noche, mañana me marcharé para proseguir mi camino.
Gregorio con un gesto de humildad le ofreció un lugar junto a la chimenea, mientras su anciana esposa le calentaba un cuenco de sopa, y a pesar de las insistencias del fraile aquella anciana se empecinó en cocer los tres últimos huevos que quedaban en la despensa.
“Gracias por la cena”, mencionó el fraile, Gregorio se levantó y añadió, “ven conmigo”, y volvieron a bajar el tramo de escaleras y sobre un catre que había en una dependencia le dijo al anciano fraile, aquí podrás descansar.
Al amanecer del día siguiente y Gregorio bajar a la dependencia donde había alojado al fraile esté como por arte de magia había desaparecido, y sobre una pequeña mesita estaban los huevos intactos y sobre la pared había un crucifijo al que Gregorio en la fachada de su casa le hizo una hornacina y exponerla para incitar permanentemente a la piedad y oración a las generaciones venideras.
Al paso de los años aquella calle de la Veracruz, paso a llamarse de las Recogidas y mucho tiempo después como queriendo olvidar aquella leyenda volvieron a cambiar el nombre a la calle, llamándola en la actualidad, García Requena. Tanto la casa como la hornacina desaparecieron por los años noventa con el ensanche de la calle.
El Cristo de los tres huevos volvió a lucirse años después en una nueva hornacina y una nueva ubicación, la trasladaron a la Plaza Purísima Concepción.
Miguel de la Torre Padilla
jueves, 2 de septiembre de 2021
Noche de estrellas y suspiros
miércoles, 21 de julio de 2021
El hombre del saco
De mi infancia guardo bastantes recuerdos, recuerdos de un panorama en descrito en blanco y negro, algunos son reales y otros no tanto pero cuando cuento mis vivencias las cuento desde los ojos de un niño que tenía mucha imaginación.
Una de las mañanas que íbamos al colegio, mis hermanos y yo, nos encontremos con un grupo de gitanos Zíngaros que se dirigían rumbo a unas cuevas existentes entonces en un descampado donde había ratas tan grandes como conejos y basura esparcida por todo el terraplén que hacía las veces de vertedero. Aquello estaba por debajo del colegio Ruiz Giménez del barrio de la Magdalena. Aquella gente viajaba a lomos de burros, a pie y algunos en carromatos, con niños mal nutridos, mal vestidos y la mayoría descalzos.
Aquellas personas montaban su pequeño poblado donde las mujeres se dedicaban a la construcción de canastos y cestas de mimbre, y los hombres se dedicaban a vender cántaras lecheras, jarrillos y enseres de hojalata por las calles del barrio.
Aquella mañana mis hermanos y yo observemos que unos metros por detrás de la caravana de gitanos caminaba un extraño hombre, alto, cojo, y jorobado con un saco cargado a las espaldas acompañado de un perro tan peludo y pulgoso como él.
Aquel hombre no se instaló en el campamento de los Zíngaros, buscó refugio en las cuevas del cerro de Santa Catalina y en diferentes horas del día, aparecía con su caminar cansino refugiado en sus misteriosos pensamientos y tosiendo con una violenta saña, arrancando y escupiendo espeluznantes gargajos que declaraban por donde había pasado aquel individuo que iba pidiendo puerta por puerta un mendrugo de pan.
Recuerdo que los niños al verlo pasar con su desdentada sonrisa le cantábamos una canción de la que solo recuerdo unas estrofas.
Al pobre peregrino
que va de puerta en puerta,
que va de puerta en puerta,
pidiendo caridad.
Por caridad señores,
el peregrino pide, y nadie le da.
Las habladurías, mezcladas con la rumorología popular, exageradas por todos y cada uno de nosotros, corrió como la pólvora por toda la chiquillería y rápidamente los niños lo denominemos como el “sacamantecas”, ya que le veíamos venir y regresar desde su cueva en la falda del castillo.
Aquel hombre de edad madura con mirada perdida. Sus pómulos rojizos y su aspecto de vagabundo motivaron que poco a poco todo el mundo lo conociese por el sobrenombre de el “hombre del saco”, ya que sus ropas andrajosas le caracterizaban: portaba una clásica boina negra, una vieja chaqueta de pana, pantalones arremangados a la usanza de los campesinos y sus pies protegidos por unas albarcas. Generalmente siempre llevaba consigo su saco harinero ya desteñido por el uso.
Entre los niños de aquellos años corría el rumor de que, en la cueva, realizaba actos de brujería, y que se alimentaba de la sangre de los niños que robaba al anochecer, era un hombre de contextura muy frágil, solitario, delgado e indefenso, y supongo que, sin ningún oficio, tampoco hablaba con nadie, lo cierto es que su recorrido por las calles de la Magdalena, tenía como único objetivo conseguir algo de comida de los vecinos.
Del mismo modo como un día apareció este hombre junto a los Zíngaros, durante los años sesenta desapareció misteriosamente y nadie más supo de él, los niños subíamos a escarbar y
registrar la cueva donde estuvo viviendo el misterioso “tío del saco” intentando encontrar los huesos de los niños que se había comido aquel individuo harapiento que vivía con su perro melenudo y pulgoso.
Nuestros padres aprovecharon la estancia de aquel hombre por el barrio para persuadirnos hacia la obediencia. ¿Cómo olvidar la más recurrida? La del terrible Hombre del Saco.
viernes, 16 de julio de 2021
La visita al médico
jueves, 8 de julio de 2021
La niña de la comba.
lunes, 28 de junio de 2021
Mariano
viernes, 25 de junio de 2021
Don Gonzalo











