Ecos del Santo Reino se crea con la única intención de darme a conocer, solo pretendo poner una pincelada más al patrimonio literario de mi querida tierra Jienense.
Las imágenes que uso en este blog son tomadas de Google, en caso de que alguien se sienta invadido por favor hágamelo saber que serán retiradas de inmediato.




miércoles, 21 de julio de 2021

El hombre del saco



De mi infancia guardo bastantes recuerdos, recuerdos de un panorama en descrito en blanco y negro, algunos son reales y otros no tanto pero cuando cuento mis vivencias las cuento desde los ojos de un niño que tenía mucha imaginación.

Una de las mañanas que íbamos al colegio, mis hermanos y yo, nos encontremos con un grupo de gitanos Zíngaros que se dirigían rumbo a unas cuevas existentes entonces en un descampado donde había ratas tan grandes como conejos y basura esparcida por todo el terraplén que hacía las veces de vertedero. Aquello estaba por debajo del colegio Ruiz Giménez del barrio de la Magdalena. Aquella gente viajaba a lomos de burros, a pie y algunos en carromatos, con niños mal nutridos, mal vestidos y la mayoría descalzos. 

Aquellas personas montaban su pequeño poblado donde las mujeres se dedicaban a la construcción de canastos y cestas de mimbre, y los hombres se dedicaban a vender cántaras lecheras, jarrillos y enseres de hojalata por las calles del barrio. 

Aquella mañana mis hermanos y yo observemos que unos metros por detrás de la caravana de gitanos caminaba un extraño hombre, alto, cojo, y jorobado con un saco cargado a las espaldas acompañado de un perro tan peludo y pulgoso como él. 

Aquel hombre no se instaló en el campamento de los Zíngaros, buscó refugio en las cuevas del cerro de Santa Catalina y en diferentes horas del día, aparecía con su caminar cansino refugiado en sus misteriosos pensamientos y tosiendo con una violenta saña, arrancando y escupiendo espeluznantes gargajos que declaraban por donde había pasado aquel individuo que iba pidiendo puerta por puerta un mendrugo de pan.

Recuerdo que los niños al verlo pasar con su desdentada sonrisa le cantábamos una canción de la que solo recuerdo unas estrofas.

Al pobre peregrino

que va de puerta en puerta,

que va de puerta en puerta,

pidiendo caridad.

Por caridad señores,

el peregrino pide, y nadie le da.

Las habladurías, mezcladas con la rumorología popular, exageradas por todos y cada uno de nosotros, corrió como la pólvora por toda la chiquillería y rápidamente los niños lo denominemos como el “sacamantecas”, ya que le veíamos venir y regresar desde su cueva en la falda del castillo. 

Aquel hombre de edad madura con mirada perdida. Sus pómulos rojizos y su aspecto de vagabundo motivaron que poco a poco todo el mundo lo conociese por el sobrenombre de el “hombre del saco”, ya que sus ropas andrajosas le caracterizaban: portaba una clásica boina negra, una vieja chaqueta de pana, pantalones arremangados a la usanza de los campesinos y sus pies protegidos por unas albarcas. Generalmente siempre llevaba consigo su saco harinero ya desteñido por el uso. 

Entre los niños de aquellos años corría el rumor de que, en la cueva, realizaba actos de brujería, y que se alimentaba de la sangre de los niños que robaba al anochecer, era un hombre de contextura muy frágil, solitario, delgado e indefenso, y supongo que, sin ningún oficio, tampoco hablaba con nadie, lo cierto es que su recorrido por las calles de la Magdalena, tenía como único objetivo conseguir algo de comida de los vecinos.

Del mismo modo como un día apareció este hombre junto a los Zíngaros, durante los años sesenta desapareció misteriosamente y nadie más supo de él, los niños subíamos a escarbar y

registrar la cueva donde estuvo viviendo el misterioso “tío del saco” intentando encontrar los huesos de los niños que se había comido aquel individuo harapiento que vivía con su perro melenudo y pulgoso.

Nuestros padres aprovecharon la estancia de aquel hombre por el barrio para persuadirnos hacia la obediencia. ¿Cómo olvidar la más recurrida? La del terrible Hombre del Saco.

viernes, 16 de julio de 2021

La visita al médico



Hace escasos días que fui al Centro Diagnóstico por unos resultados tras haberme hecho un TAC. Tenía cita a las doce y media de la mañana y por si acaso, a las once y media o doce menos cuarto ya estábamos allí.
Al llegar a la tercera planta me encontré con unos antiguos conocidos, una pareja de ancianos de unos ochenta y algo de años que iban acompañados de su hijo de unos sesenta años, el pobre con una deficiencia, ellos tenían cita a las once y media, y después de las presentaciones la mujer nos dijo que la cita era para su hijo que estaba fastidiado y estaban muy preocupados por su salud, ya que ellos no estaban para cuidar de él, primero por su avanzada edad y segundo por la obesidad de su hijo, yo calculo que unos ciento veinte kilos.
Ellos llevaban cuidándole y mimándole desde siempre, lo habían tenido super protegido, de niño ni siquiera lo dejaban salir solo a la calle, ellos no soportaban que a su niño lo insultaran los demás niños, ni consentían que nadie lo mirase de mala manera, lo querían tanto que eran capaces de hacer lo que fuese por él.

A Pedro y María los conocía desde siempre ya que eran amigos de mis padres, ellos eran y son unas de esas personas honradas, correctas y honestas que vivían en un viejo caserón de vecinos de la calle Positillo en el barrio de Santiago.
El protocolo para entrar a la visita del especialista exige que solamente puede pasar un acompañante y en este caso el padre entró con el hijo, cosa extraña, pero la señora María nos dijo que Pedro se enteraba mejor de lo que el médico le diría a su hijo, como ella estaba un poco sorda y con lo de no saber leer era un problema.
María hablando con mi mujer le dijo que llevaban meses de médicos y aquella mañana llevaba desde las ocho en el Centro Diagnóstico y que no tenía comida hecha para cuando llegasen, y en vista que nosotros estábamos en la misma situación, le propuse al matrimonio de comer en el Mesón Zapatero que se come muy bien de menú y que está muy cerca del Clínico.
Ya en el Mesón, el padre y el hijo entraron al servicio y María pensando de que yo al ser hijo de su amiga era sabedor de su historia y comenzó a relatarle a mi mujer que ellos de jóvenes no podían tener hijos, aunque ganas no les faltaban, María siguió diciéndole a mi mujer que ellos tenían mucha confianza con una jovencísima vecina que siendo soltera tenía un niño de pocos meses a los que ellos le cuidaban con mucho mimo y cariño cada vez que la muchacha salía a trabajar o de compras.
Aquel bebé según María lloraba sin cesar constantemente y ella en sus brazos era la única persona capaz de calmarlo. María nos contó que una noche llamaron a la puerta de su vivienda y al abrirla estaba su vecina con el moisés y el niño durmiendo. Nos contó que su vecina estaba llorando y les dijo que tenían que hacerle un gran favor. Si podíamos quedarnos aquella noche con su bebé, prometiéndole que a la mañana siguiente a primera hora pasaría a recogerlo.
María nos dijo que en aquellos años ellos eran muy jóvenes y con ganas de niños y no supimos decir que “no”. La madre de aquel niño no apareció en aquella mañana, ni en los días siguientes, ni en los siguientes meses, nos dijo que dudaron si acudir a la policía, pero hubo algo en la carita de aquel niño que les hizo desistir y mirándose a la cara no dudaron de que ese niño iba a ser el niño de que ellos tanto deseábamos tener, sin saber que aquello que vieron en aquella carita tan dulce era síndrome de Down.

jueves, 8 de julio de 2021

La niña de la comba.



Según decía la gente en la calle Alguacil de Jaén, existía antiguamente una casa que estaba encantada.
Cuando yo la conocí, estaba casi en ruinas y en ella vivía una de las primas de mi abuela Dolores, aquella vivienda la recuerdo perfectamente, un gran portón siempre abierto a propios y extraños, a la derecha unas oscuras escaleras conducían a una bodega abovedada habitada por una gran familia y amigos de mis padres.
Había unos retretes que eran tres agujeros en el suelo, aquello olía a humedad y daba pánico entrar. A continuación, había un gran patio con balconadas de madera pintada en morado y en el centro un pozo, tenía una amplia escalera para subir a las plantas superiores, tres que yo recuerde.
La parienta de mi abuela vivía en la tercera planta que era el terrado del edificio, aquella señora era viuda de guerra con nueve hijos que tenía desparramados por la geografía española, ya no sabía si su Josefina estaba en Barcelona o si su Eufrasia estaba en Bilbao, el caso es que estaba sola y enferma, mi abuela viuda y sola también, alguna que otra tarde se iba a hacerle compañía.
Una de aquellas tardes primaverales mi madre decidió acompañar a mi abuela y después de salir del colegio pusimos rumbo hacia la calle San Andrés que es donde desemboca la calle Alguacil; después de un buen rato en aquella habitación con suelo de yeso y techo de cañas, mis hermanos y yo pedimos permiso para bajarnos a jugar al patio, ya que desde la baranda del pasillo habíamos visto a una niña jugando sola con su saltador que incesantemente nos repetía: venir a jugar conmigo, venís a jugar conmigo, mientras cantaba aquella canción de una, dos y tres…..
Mi madre accedió a que bajásemos al patio, y aquella señora fue prudente diciéndonos que tuviésemos cuidado con la escalera, la verdad es que la distancia entre peldaños era de una altura considerable, al llegar al patio la niña ya no estaba, pensamos que se había marchado a su casa, de pronto escuchamos a la niña cantar la canción desde aquellos oscuros retretes.
Mis hermanos y yo entramos y de repente todo quedó en silencio, el cual se interrumpió con un portazo que dejó la zona más oscura, como una flecha y envueltos en pánico salimos de aquel infierno y subimos las escaleras de dos en dos.
Al llegar arriba y mirar al patio volvimos a ver a la niña con su saltador y su canción… Una, dos y tres…. y volviendo a insistir en venir a jugar conmigo, venís a jugar conmigo.
Aquella casa al poco tiempo la cerraron y apuntalaron, ya que el peligro de derrumbe era inminente, la parienta de mi abuela se realojó en otra casa vieja entre las calles Santa Cruz y la calle el Rostro cuando tenía salida muy cerca de la fuente de Los Caños.
Por casualidad una tarde de verano de hace unos treinta y tantos años pase por dicha calle, y aún se conservaba alguna ruina del edificio incluido el antiguo portón que como antiguamente se encontraba abierto de par en par.
La curiosidad pudo conmigo y a pesar de su pésimo estado me asomé al patio para recordar momentos vividos en aquella casa.
Al mirar hacia arriba donde vivía la pariente de mi abuela y por donde mi madre y hermanos anduvimos algunas veces, vi momentáneamente de nuevo a la parienta de mi abuela con aquella niña de la mano, y nuevamente me insistía: venir a jugar conmigo, venís a jugar conmigo…
En una de mis conversaciones que mantuve con uno de mis tíos salió a la palestra aquella señora de la cual no recuerdo su nombre, mi tío me dijo que su chacha murió en el 74 y fue la última oportunidad que tuvo de ver a sus primos segundos, en aquella conversación me comentó que su tía tenía medio perdida la cabeza desde que una de sus hijas la más pequeña jugando a la comba cállese al patio desde la baranda de aquella casona, matándose en acto.

lunes, 28 de junio de 2021

Mariano

 




Mariano se levantaba todos los días muy temprano, tan temprano que incluso salía de su casa antes de que amaneciese, a diario le gusta asomarse a un cantón existente a las faldas del castillo de Jaén, para ver el milagro de la vida, el amanecer, con sus impresionantes salidas del sol, y agradecer a Dios por todo lo que veía, sintiéndose el hombre más afortunado por tener tan maravillosas vistas casi a las puertas de su casa cueva.
Después cogía calle Zumbajarros abajo hasta llegar al frondoso pilar del barrio de la Magdalena donde se lavaba la cara y despejaba de los malos pensamientos como él solía decir, mientras hablaba solo y se secaba con un mugriento pañuelo.
Mariano era una persona que había rebasado los 70 años y no hacía mucho tiempo que había sido dado de alta, el pobre hombre había pasado una temporada bastante larga ingresado en el sanatorio psiquiátrico de Los Prados, donde se afanaba en coleccionar los clásicos platetes las chapas de botella de cerveza. Su mente enferma lo hizo creer por una buena temporada que él era un super inspector de policía y los platetes los transformaba en condecoraciones adquiridas por él, mientras ejercía su profesión.
Algunos decían que Mariano en su juventud fue maestro escuela y que poco a poco fue perdiendo la cabeza y cayendo en la indigencia donde su mirada alegre pasó a ser una mirada triste y su elegante traje de pana poco a poco se convirtió en un traje raído y harapiento.
A menudo comía en el comedor social, se sentaba solo y pasaba horas hablando con una figura imaginable. Decía que él comía en compañía de Millán-Astray, hombre admirado por Mariano ya que en su juventud quiso ser legionario y sus padres le obligaron a estudiar magisterio, el afirmaba que tenía conversaciones de estrategia con cierto personaje, pero que desprendía un cierto olor a chamusquina, Millán Astray no le hacía caso. Le apasionaba leer y a veces, el personal del centro se veía en la necesidad de obligarlo a dejar la lectura para que se comiese la comida algo caliente.
Algunas veces a Mariano se le olvidaba el camino de regreso a su casa por eso, cualquier rincón de la ciudad era perfecto para él. Podía dormir donde sea, y tenían una gran resistencia al frío y el calor. Toda la ciudad era prácticamente su dormitorio, sin embargo, apenas salía el sol, y cuando la mayoría de las personas aun dormían, él se encaminaba al cantón existente en la ladera del castillo, después se encaminaba al frondoso pilar de la Magdalena donde se lavaba y despejaba, después de ver el milagro de la vida.
Una mañana Mariano dejó de verse por el barrio, no acudió a su puesta de sol, ni a asentarse en el escalón de la iglesia, ni a levantar su vista hacia ciertas personas. Se perdió su mirada desinteresada la que mayormente tenía durante todo el día, esa mirada con la que se ganaba su dinero. La mirada que con fuerza salía de su alma al mirar aquellas personas que salían y entraban a la Iglesia era una mezcla de admiración y envidia. La mirada de Mariano reflejaba la fuerza de lo que sentía su corazón.
Mariano desapareció en la bruma de una mañana de invierno?

viernes, 25 de junio de 2021

Don Gonzalo

 


Sentado en su butaca preferida de la residencia, Pablo relataba aquella tarde de sábado sus vivencias en los cortijos a modo de cuentos, aunque de cuentos aquello tenía muy poco.
Contaba Pablo que en el cortijo donde él se crío había un jornalero al que llamaban Pepón, el pobre estaba retrasado y le daban ataques epilépticos, según le contaron a Pablo aquel harapiento hombre había llegado al cortijo Dios sabe desde donde, el pobre hombre ni siquiera sabía el dónde había nacido.
Le contaron que llego a la cortijada llevando un hatillo al hombro y pidiendo trabajo, el patrón, don Gonzalo viendo su deficiencia se aprovechó del pobre harapiento, lo coloco limpiando las cuadras del cortijo simplemente por la manutención y un techo para vivir.
Seguía contando Pablo que desde que el pobre hombre llegó, nunca había recibido un buen trato, solamente había recibido malas caras y malas palabras por parte de don Gonzalo, insultos que dolían más que los golpes, y a consecuencia del mal trato aquel hombre comenzó a odiar y mirar mal a don Gonzalo, que dándose cuenta de las miradas cada vez que se emborrachaba llegaba a la vieja barraca donde vivía Pepón, lo amarraba de pies y manos a una silla y lo abofeteaba gritándole, vamos mírame como tú sabes y lo volvía a bofetear hasta que el pobre perdía el conocimiento.
Pablo cambio su tono de voz y comenzó a relatar un hecho que marco al patrón para toda la vida, aquella tarde infernal de invierno Don Gonzalo había salido a una de sus correrías, se había llevado la mejor yegua de la cuadra a sabiendas que aquella yegua estaba perdiendo la vista, Pepón aquel día se había olido la situación de que el patrón volvería borracho y la emprendería con él a golpes.
Pepón aquella tarde noche de invierno se había cobijado en una cueva que había a las afueras de aquella maldita cortijada, a su regreso una tremenda tormenta le cogió a don Gonzalo por el camino, los rayos y relámpagos cegaban aún más a la yegua que se sabía el camino con los ojos cerrados, instinto animar recalco Pablo.
Según Pablo las fuertes aguas habían arrasado el viejo puente de madera que unía el camino y la desviación a la cortijada, Pepón que se había dado cuenta y al verlo pasar intento llamarle la atención, cosa que no fue posible por la velocidad de la yegua que no pudo frenar cayendo jinete y yegua a las turbulentas aguas del rio.
La yegua se defendió nadando y don Gonzalo borracho agonizaba en medio de las aguas del rio y su moribundo cuerpo ya no aguantaba más y empapado en sangre y agua pedía auxilio, Pepón después de rescatar a la yegua lo auxilio desde la orilla, inútilmente don Gonzalo trato de levantarse y sostenerse contra un árbol, pero sus heridas y borrachera no le ayudaban, calló al suelo en medio del barro, intento gritar, pero fue en vano ya no le quedaban fuerzas, en aquellos momentos en que la muerte estaba más cerca que la vida, el patrón sintió que dos manos rodeaban su cintura y lo cargaban a lomos de su propia yegua.
Una ver recuperado don Gonzalo y quedando invalido a consecuencias del incidente, Pablo nos dijo a los allí presentes que Pepón le confeso a don Gonzalo que le aviso de lo del puente, no por él, sino por la yegua a la que le tenía más cariño y respeto que a él.
Pepón a pesar de su confesión y del odio que le tena a Don Gonzalo permaneció en la cortijada al cuidado de su señor hasta que falleció, los herederos vendieron aquella cortijada y Pepón pasó desde aquella finca a una residencia, en aquellos tiempos hospicio.

domingo, 20 de junio de 2021

El trovador de San Juan de Dios



Recuerdo que siendo niño de ocho o diez años, mi abuela Dolores vivía en la calle Magdalena baja en una casona vieja, muy vieja, tan vieja que daba miedo entrar en ella, según se contaba en sus tiempos fue una cabreriza que se adaptó a vivienda en tiempos de la guerra civil, también se contaba que anterior a la cabreriza fue la vivienda de una familia acomodada, que por circustancias de la vida tuvieron que emigrar y la vivienda pasó a ser propiedad de un cabrero que la convirtió en cabreriza.

En aquella casona vieja alguna tarde que otra se reunían en tertulias aparte de mi abuela Dolores, Paca vecina de la planta superior, Angelita la nuera de Paca, Juanita la mujer del “picante”, Dolores la rubia, Carmen la madre de Pepe chocolate y Manolillo hermano de Paca.
Aquel día me llamó la atención porque Manolillo solamente contaba chistes y chascarrillos graciosos, se le conocía como un hombre simpático aparentemente sin problemas, aunque el pobre los tenía, Manolillo vivía en el hueco de las escaleras, esa era su carta de presentación.
Perfectamente recuerdo que mi abuela aquella tarde trajo un cartucho repleto de boquerones fritos que habían sobrado en la escuela donde ella trabajaba de cocinera, mi abuela era la cocinera del colegio de San Agustín.

La tertulia comenzó cuando mi abuela puso sobre la mesa el cartucho de boquerones y con un simple podéis coger comenzó aquella tertulia.
Aquel día Manolillo sacó a relucir una leyenda que su padre le había contado precisamente de aquella casa donde en esos momentos se encontraban reunidos.

Después del atracón de boquerones Manolillo comenzó a relatar que su padre le había contado en cierta ocasión que en aquella casa de la Magdalena Baja vivía en antaño una familia acomodada, donde el era escribiente de una prestigiosa notaría, ella maestra escuela, aquel matrimonio tenían una hija adolescente con unos hermosos y grandes ojos y un cabello largo y negro como el azabache.
Se contaba por todo Jaén de la belleza de aquella muchacha a la que rondaba un apuesto joven que a diario subía desde las Bernardas con su bandurria a tocarle y cantarle hermosas serenatas.

Manolillo después de hacer un alto para darle un buen trago a la bota de vino prosiguió con su relato y contó que los padres de aquella muchacha que por cierto se llamaba Salomé, vieron que ella correspondía asomándose a la ventana de la casa para escuchar las serenatas de aquel misterioso joven que ponía la calle de bote en bote, hasta que un día decidieron llevársela a Madrid para internarla en un convento para evitar la presencia de aquel trovador enamorado de su hija. Salomé en el convento sufrió una gran depresión por la falta de su trovador nocturno a tal extremo que dejo de comer, esto la llevó a enfermarse y los padres tuvieron que ir y traerse del convento a la hija.

Con intención de recuperarla de su enfermedad la ingresaron en el Hospital de San Juan de Dios donde Salomé murió de amor y tristeza.
Aquella triste noticia llegó a los oídos de aquel trovador que la mayoría de las noches deambulaba por la Magdalena y llegaba hasta el hospital de San Juan de Dios para entonar una serenata de despedida, una canción tan triste que aun conmueve y hace llorar a todos los que la escuchar por los pasillos de aquel hospital hoy convertido en archivo.


sábado, 12 de junio de 2021

La procesión.



Aquella noche de Jueves Santo desde cualquier rincón de Jaén se escuchaba los lamentos de las trompetas y el sonido ronco de los tambores, Ramón con su cartón de vino bajo el brazo caminaba por una de aquellas calles estrechas que van desde el casco antiguo al centro de la ciudad. En aquellos momentos algunas gotas de agua comenzaban a caer tímidamente, mientras a lo lejos alguien cantando una saeta se ganaba el silencio con su peculiar quejío. Ramón, cerrando los ojos, imaginó ver un barcón repleto de macetas y en el centro con su pelo totalmente blanco a Manuel su amigo, saetero y cantaor flamenco de su pueblo.
Los goterones de agua lo despertaron de aquel sueño, mientras comenzaban a aumentar su tamaño hasta el punto de tener que buscar un refugio.
Hizo un pequeño alto en un portal entreabierto para evitar quedar empapado, y abriendo su cartón de vino le dio un buen trago. Luego, eructó, y aprovechando la oscuridad de la noche, la lluvia y soledad de la calle, en el mismo portal se puso a orinar, acto seguido prosiguió su camino calle adelante.
Ramón aquel día había estado en el cuchitril de uno de sus compañeros de miserias, pariente de su fallecida mujer. Bartolo que a si se llamaba aquel hombre el cual hacía unos días había sufrido una agresión por parte de algunos niñatos que se saciaron sin escrúpulos de él, al verlo harapiento y mendigando.
En la esquina de un supermercado, Ramón se detuvo para rebuscar en el contenedor de los cartones y cogiendo un puñado de periódicos, los metió en una de las bolsas que llevaba para ojearlos en un momento de tranquilidad, a pesar de su mala suerte, su pobreza y miseria, Ramon era un hombre educado y culto.
En un rincón de la vieja nave donde solía convivir con otros indigentes se acurrucó entre cartones, prendió mecha a algunos leños, le dio un trago al cartón del vino, y poniéndose unas viejas gafas comenzó a ojear a la luz de la candela algunos periódicos de los que había recogido.
En una de las páginas hizo un alto en algo que le llamo la atención, con paciencia se entretuvo leyendo un artículo que le hizo olvidar por un momento a su compañero, la paliza que le habían dado y con los dientes apretados, maldijo a los hombres que con tampoco escrúpulos habían secuestrado y asesinado a una joven de quince años.
Ramón abrió nuevamente el cartón del vino le dio un buen trago, eructó de nuevo y cerrando los ojos procuro olvidar aquel artículo tratando de dormir.
Muy cerca de Ramón otro indigente dormía y sollozaba, Ramón tímidamente lo llamó tres o cuatro veces hasta que despertó.
- ¿Qué quieres amigo?
-Quiero que dejes de sollozar, no consigo conciliar el sueño.
-No puedo Ramón, no puedo.
Qué te pasa dime, le dijo Ramón con gesto de preocupación.
- Son cosas mías.
Y haciendo una ventosidad mientras balbuceaba con la voz rota, de taberna le comentó a Ramón lo sucedido el día que acababa de terminar.
Estoy triste amigo, muy triste, esta mañana estuve toda ella exhibiéndome por cuatro chavos a los turistas que visitaban los Baños Árabes, después de comer en San Roque me fui a la Plaza de San Idelfonso con la intención de ver la procesión de los civiles, ya sabes tú que me gustan esas cosas, ver desfilar los civiles con su tricornio su bigote sus trajes de gala, sus caballos, las mantillas, con sus rosarios, sus vestido, zapatos y medias negras. Pero en un santiamén me quede durmiendo en un rincón, entonces fue cuando me despertaron dos jóvenes extranjeros, querían hacerme unas fotos y una entrevista para una TV de su país los muy sinvergüenzas, querían ponerme de ejemplo de como se vive en España, y como se derrocha el dinero en jarras y flores para los santos, mientras la gente como nosotros vivimos en la miseria.
Menuda ignorancia la de esa gente de la TV, le respondió Ramón alzando un poco la voz, si no fuese por la iglesia, Caritas y los comedores sociales haber donde cojones íbamos a ir los pobres como nosotros a vestirnos, asearnos o comer a diario.

sábado, 15 de mayo de 2021

Día de lluvia y viento

 


 

 

Una mañana invernal de muchísimo frío, de estas mañanas que por Jaén no hay quien ande a causa del tremendo viento, que baja desde Jabalcuz, y hace remolino en la calle Campanas, donde se decía antiguamente que volaban sombreros.

Aquella mañana aproveché que estaba abierta la Catedral, para entrar y hacer unas fotos, antes de que empezara la santa misa, e inmortalizar en mi cámara las bóvedas de la joya del renacimiento español.

Entre foto y foto me encontré frente a la Capilla de la Virgen de la Correa, en ella arrodillado, meditaba y medio lloraba un señor de unos ochenta y pico de años. 

Al incorporarse el señor se dio un golpe en la cabeza con la reja que cierra dicha Capilla, de inmediato le presté auxilio y le acompañé a un banco, donde los dos pasamos unos minutos en silencio, mientras se recuperaba.

 El señor me dio la gracias por mi ayuda desinteresada, y mirando fijamente a la capilla donde está la Virgen de las Angustias me dijo sin yo preguntarle nada:

Si tu supieras, si tu supieras…

 -Mi padre me dijo algo que el suyo le había contado, siendo niño mi abuelo, sobre el año 1850, era uno de los muchos monaguillos de éste templo, precisamente, un día de lluvia y viento como hoy, él se encontraba como tantas tardes preparando las cosas de la santa misa.

Después de una pausa y sin dejar de mirar a la Virgen de las Angustias, aquel señor prosiguió contando su historia. 

-Mira joven, me dijo con voz entrecortada. Según le contó mi abuelo a mi padre, aquella tarde de frío invierno sintieron bastante ajetreo por las dependencias de la planta superior.

Ellos, los cuatro monaguillos, creyeron que el nuevo cura estaría trasteando los armarios para coger alguna sotana, ya que precisamente era nuevo y se estrenaba aquella tarde como cura en la Catedral.

 Los monaguillos asustados, subieron a la planta superior y miraron en el campanario, en el coro, en los arcones, y cajones de grandes cómodas; incluso en el confesionario.

 Y se encontraron con la sorpresa de que los dos niños o angelitos de la Virgen de la Correa, estaban jugando entre los relicarios, cálices antiguos y ocultos tras las sábanas que envolvían las imágenes guardadas en aquellas salas.

Al decir lo de los angelitos de la Virgen de la Correa, intuitivamente y no sé por qué, corregí a aquel señor, ¿serán los de la Virgen de las Angustias?

 En aquel momento el señor volvió su cara y vi un rostro diferente, muy distinto al que estaba en aquella Capilla en la que lo recogí.  Vi el rostro de un hombre joven y barbudo, envuelto en llanto.

 ira Joven, me volvió a decir: acércate y mira la cara de esos dos niños, a ver a quién se les parecen más, ¿a la Virgen de las Angustias o la Virgen de la Correa? 

Y sin darme cuenta lo volví a corregir:

¿serán esos dos Angelitos?

Bueno, bueno, me volvió a decir, ahora serán Angelitos, pero en la época de mi abuelo eran niños muy revoltosos, y por eso su madre llora con tantísimo desconsuelo.

No lo entiendo señor, le volví a repetir.

Mira, hubo una época en la que esos dos niños eran felices y su madre mucho más, pero quien más felicidad derrochaba era su padre, hasta que alguien se los robó a aquellos padres, envolviéndolos en llanto para toda la vida.   

 Aquel señor me comentó que el padre de aquellos niños, era maestro escultor, y estuvo trabajando a las órdenes de Andrés de Vandelvira.   

       Bueno, le dije a aquel señor, si son hijos como dice usted de la Virgen de la Correa, ¿cómo es que están en la capilla de la Virgen de las Angustias? 

Pues la verdad que es muy fácil, me comentó: el nuevo cura viendo que los monaguillos no aparecían y los ruidos ahora los escuchaba él, subió a la planta superior y todo cabreado, encontró a los monaguillos y los dos niños jugando entre aquel revoltijo de enseres, carcoma, polilla y reliquias. A los monaguillos le echó la bronca y a los niños los cogió de una oreja y al ser nuevo en la Catedral, e ignorar a qué Capilla pertenecían, viendo abierta la capilla de la Virgen de las Angustias, los metió dentro, y cerró con llave. Desde entonces los niños lloran sin consuelo y su madre llora desesperadamente, ¡ay madre mía, a la pobre se los volvieron a quitar por segunda vez!

-Por cierto, ¿Cómo se llama usted amigo? le pregunté.

-Me llamo Ton, Antón.

martes, 4 de mayo de 2021

“De agricultor a minero”



Mientras tomaba café una mañana con mi padre me dijo: que cuando él se casó la vida en el campo era tan precaria y difícil, que una familia no se podía mantener con el sueldo existente en aquella época. No se sacaba ni tan siquiera para subsistir una sola persona, que la situación y precariedad les obligo justo a otros compañeros a salir del campo y buscarse un trabajo que le diese algo más de beneficio.
Contaba que fueron tres los que abandonaron el trabajo de muleros en el cortijo del Marqués, y se incorporaron como mineros en una pequeña mina del Galapagar, situada a unos 13 km de Jaén; por la carretera de Torrequebradilla, pero aquella mina apenas daba beneficio pues se hinchaban de trabajar y no sacaban mucho más que cuando estaban en el cortijo.
La situación económica en nuestro hogar era deplorable, apenas si mis padres podían mantenernos a mis dos hermanos y a mí. Mi madre de un pan sacaba varias fracciones para poder saciar un poco el hambre y si era poco teníamos al abuelo que en aquellos tiempos las personas mayores eran las primeras en comer.
Seguía contando mi padre que aquello no era una mina, simplemente era un pozo en la tierra y que tenían que bajar atados a una trócola, cuando llegaban abajo cogían su pico su pala y se arrastraban a cuatro patas por las galerías hasta llegar a la veta, creo que de oxido rojo, de esto no estoy muy seguro, pero creo que no voy muy desencaminado lo que si recuerdo que mi padre decía que algunos días estaba el pozo medio de agua y tenían que bombearla para poder bajar a trabajar, según él en esas ocasiones era cuando ya no quería seguir allí, pero ¿a dónde ir?
Mi padre relataba que el día de Navidad, en la Magdalena se encontró con un amigo y hablando entre ellos le contó la precariedad de trabajo que tenía, todo el día metido en un pozo, que no ganaba ni para mantenerse a su familia y uno de sus niños hacia la primera comunión el año que próximo, que no sabía con qué dinero le iba a comprar el traje, las estampas y demás cosas.
Aquel amigo le comento que él estaba trabajando en Bélgica en las minas de carbón y que ganaba casi el triple que él, que allí el peligro era mucho menor, ya que aquello era una mina de verdad y no un pozo como en el que él estaba jugándose la vida.
Mi padre se envalentonó y le dijo que, si se podía ir con él, su amigo le dijo que en cuanto él llegase a Bélgica después de las vacaciones de navidad lo reclamaría y podría ir con todos los papeles en regla.
A los pocos días de la partida recibió mi padre una carta con un contrato y todos los requisitos necesarios, incluida una revisión por parte de Sanidad. Preparó la maleta y tomo el tren dirección a la pequeña ciudad de Blegny, en la provincia de Lieja donde trabajaría durante tres meses que era lo que él necesitaba para comprar el traje de comunión y sacar un poco la cabeza.
Al incorporarse a la nueva mina sintió algo de miedo al mirar la gran torre de hierro y aquellas vagonetas de acero metálico, él decía que olían a muerte, un olor que lo impregnó desde la primera hora hasta el último minuto del contrato de aquel gran complejo industrial de enormes dimensiones.
Sobre las siete de la mañana sonó una enorme sirena y según mi padre los mineros se apiñaron en «la jaula», una especie de ascensor de hierro que los introducía a plomo casi más de medio kilómetro en las entrañas de la tierra. Después, todavía tenían que andar un buen trecho, por un laberinto de galerías antes de llegar a la “veta” y empezar a picar, ya no se usaba el pico, su herramienta era un martillo percutor y sin otra luz que una lámpara que llevaban en el casco, lo de la lámpara en el casco según mi padre era para que no te lo quitases, si te lo quitabas no veías, aquel día mi padre se le vino el mundo encima al pensar que si le pasaba algo en aquellas profundidades ya no regresaría a la superficie y quedaría allí para siempre y le recorrió todo su cuerpo un sudor frío, pero unas breves palmaditas de su amigo en su espalda le dieron la suficiente fuerza para seguir, - ¡vamos Ramón, tú estás para esto y más! - y sin nada más se dirigieron a su puesto de trabajo sumergido en el centro de la tierra donde su cuerpo cubierto de hollín lo hacían parecer un pedazo de carbón viviente, sólo alcanzando a relucir la dentadura blanca y los globos oculares.
Un año permaneció allí hasta que una tonelada de carbón oculto la mayoría de las galerías de aquel pozo minero.

domingo, 2 de mayo de 2021

LA VIDA, TAL CUAL.



Ramón se encontró como cada mañana con Luis.
Luis es amigo de Ramón desde la infancia, ellos vivían en el mismo barrio en la misma casa de vecinos, fueron a la misma escuela y por casualidad de las casualidades se casaron con dos hermanas, Ramón y Luis son cuñados, casi hermanos ya que sus madres eran primas.
-Que pasa Ramón- le pregunto Luis con rostro de preocupación.
-Nada nuevo, nada nuevo, le contentó secándose una lágrima Ramón.
-Te apetece que demos una vuelta hasta la Alameda y echemos un chatillo mientras me cuentas, le dijo Luis intentando levantarle el ánimo, ya que Ramón cada día estaba más apagado y deprimido.
Los dos muy despacito tomaron rumbo a la Alameda. Para ninguno de los dos existían ya las prisas, Luis estaba viudo y según él, ya no tenía que rendir cuentas a nadie, Ramon estaba más solo que la una, ya que sus hijos estaban casados y su mujer enferma en una residencia y algunos días comía con Luis y otros ni comía.
Apretándose las manos, Luis le pregunto, - bajaste ayer a ver a Isabel.
-Si que bajé, Luis, ayer hacía cincuenta años que nos casamos y bajé con mi hijo Pedro mi nuera y los niños, le llevé un ramo de rosas que ni siquiera las miró.
- Y ¿qué tal la encontraste?
-Pues, ya sabes, Isabel cada día está peor, está postrada en cama consumiéndose poco a poco y apenas reconoce a nadie, disparata constantemente. Fíjate, ayer delante de los niños ella se empeñó con que su hermano estaba allí, y mirando al vacío y con la vista desencajada, diciéndonos: “¡Ahí! ¿no lo ven? ¡ahí esta Manolo! ¡hermano, qué alegría verte!”, luego sonreía tiernamente mirando a uno de nuestros nietos creyendo ver a nuestros hijos, al más pequeño, muerto de pulmonía cuando apenas tenía dos o tres años.
Menuda situación la que pasamos delante de los niños, y mira que a ellos le hemos explicado lo de la abuela, ellos buenos entendedores la besan, en voz baja y suave le hablan, “abuela, abuelita, pero ella con su erre que erre, empeñada en que nuestra nuera era Laura, y quería que se fuese, hacía nada más que insultarla y reprocharle que no quería verla, que aquello que hizo de quitarle el novio no se hacía entre hermanas. Luego se empeñó en que nuestro hijo Pedro, era Rodolfo y no hacía nada más que preguntarle ¿con quién te casaste? Rodolfo, y ya ves mi hijo pequeño, Laura, Rodolfo su hermano todos hace mucho tiempo que murieron.
Conversando y caminando y llegaron a la tasca, se apoyaron sobre la barra y pidieron dos vinos, Ramon prosiguió contando:
-No es justo Luis, no es justo, me estoy volviendo loco y mi mujer se muere en una residencia sin saber quién somos, y lo peor es que tampoco sabe ella quién es. Tengo una impotencia y un dolor de ver a Isabel como se consume poco a poco.
Luis acabo la conversación con otra pregunta:
- ¿Y el medico que te ha dicho?
—Esta vez no me ha dicho nada.
Luis de un trago acabo el vino, miró a Ramon con cierta pena y le dijo, echamos otro chato.

miércoles, 28 de abril de 2021

Mi escuela

 


 

La escuela en la que estudiemos mi generación era muy diferente a la que conocemos hoy en día, en los años 60, la escuela empezaba el lunes y terminaba el sábado al mediodía. A media mañana, durante el recreo, nos deba a los alumnos un botellín de leche, al principio era en polvo. La edad de los alumnos de una misma clase no era la misma, dado a la gran cantidad de suspensos que había en aquellos tiempos donde la mayoría de los niños hacíamos la rabona por miedo al profesor y su castigo, y cuando terminábamos primaria, nos poníamos a trabajar, otros ni siquiera terminaban los estudios primarios.

El edificio que albergaba a la escuela pública carecía de muchas de las comodidades que los niños tenemos en los colegios actuales. Faltaba casi todo tipo de material didáctico y en muchos casos el maestro no tenía la preparación adecuada. Con estos condicionantes, los alumnos salíamos de la escuela con una preparación muy básica, siendo muy pocos los que podían aspirar a estudios universitarios.

 Las clases tenían pupitres dobles, y una gran pizarra que ocupaba parte de la perez, un crucifijo, un mapa de España y una foto del caudillo Francisco Franco y otra de José Antonio Primo de Rivera.

En mi estancia en el colegio las clases nunca fueron mixtas y los niños y las niñas no nos veíamos ni en el patio ya que ellas tenían uno y nosotros otro. Como único libro de texto tenía la Enciclopedia Álvarez que, con sus distintos tomos, nos educó a millones de niños. Las asignaturas impartidas eran muy parecidas a las de hoy en día, pero se le daba especial importancia a las Matemáticas y a la Religión.

En aquellos años de mi infancia existían varios colegios en la Magdalena, pero eran tres los que albergaban a la mayoría de los niños del barrio algunas niñas acudían a otro pequeño colegio que existía en el patio la Iglesia, los demás niños nos repartíamos entre La Miga de piedra, Mariano Velasco, y Ruiz Giménez, también existía otro de preescolar, El Hospitalico, en la calle del mismo nombre.

En ambos colegios, antes de comenzar las clases, se cantaba el “cara al sol”, se rezaba una oración; después, comenzaban las clases, con el mismo profesor, también eran habituales los castigos, tuvimos un profesor que castigaba poniéndonos una peseta en la nariz y sujetarla contra la pared y las manos a las espaldas, para escribir, utilizábamos, una pequeña pizarra con su correspondiente pizarrín, después pasemos a la pluma y a finales de los 60  los bolígrafos BIC.

La religión tenía una gran importancia: era obligatorio tomar la comunión e ir todos los domingos por la mañana a misa. Para comprobar si habías ido, te preguntaban por el color que usaba el cura en la misa.

También existía el cuadro de honor donde los celebros de cada clase estaban bien posicionados en una foto que cambiaban todos los meses.

domingo, 25 de abril de 2021

La mili de un Jienense en los Pirineos



Sobre el mes de febrero del 1978 el destacamento de esquiadores de alta montaña nos enfrentábamos a unas nuevas maniobras militares, está vez por las laderas y montes cercanos a Canfranc.
Unos dias antes de las maniobras preparando la mochila me prestaron un libro que trataba sobre el pastoreo en los pirineos y precisamente la mayoría de las fotos eran de Canfranc, los compañeros de camareta y yo alucinábamos mirando aquellas fotos tan hermosas de los pirineos, aquellos paisajes montañosos tan espectaculares, espolvoreados de ovejas, me fascinaba y tenía la sensación de que serían unas maniobras tipo turístico.
También pensaba que serian duras, muy duras ya que los mulos nos acompañarían con su pesado cargamento de artillería y yo estaría al frente de uno de esos mulos indomables, con mas mili que Cacorro, pero el visual tantísima belleza valía el sacrificio.
La verdad que estábamos casi todos muy ansiosos de ver aquellas zonas de cientos y cientos de kilómetros restringidas al público donde solo teníamos ascenso los militares.
No se si aquello estaba preparado o es que esas zonas son así, pero las montañas estaban cubiertas por una intensa niebla, que no me permitía ver gran cosa. Por cierto, en algunos momentos, yo no veía nada y me dejaba llevar por el mulo, gran conocedor de la zona. Yo sabía que estábamos rodeada de ovejas sólo por el sonido de los cencerros que llevan colgados del cuello, porque ver, nadie veía nada de nada.
Y fue en medio de esa fuerte niebla, en una ladera llena de piedras sueltas, donde los cuatro que componíamos el grupo primero que encabezaba aquellas maniobras, vimos y escuchemos una silueta pidiendo auxilio, cada paso que dábamos resbalábamos, aunque resurte imposible los mulos no cesaban de caminar por aquel paraje que se había convertido en un infierno para la mayoría de nosotros, y para colmo aquellos gritos de auxilio con voz aterrorizada.
Juan Capablo, era un voluntario de Huesca y era conocedor de todas las historias y leyendas de su ciudad y alrededores nos dijo que deberíamos de acudir a los gritos de auxilio que según contaba una leyenda que hace varios siglos, en una fría y desapacible noche de invierno como era aquella, llegó hasta Canfranc una peregrina judía. Como era costumbre para los caminantes que transitaban el camino hacia Santiago de Compostela, la peregrina solicitó cobijo en aquella horrible noche. Pidió alojamiento entre los hogares de la villa, y lo pidió también a las puertas de la iglesia, sabedora de que el cura estaba dentro oyéndola.
Pero, inexplicablemente, nadie la socorrió. No se sabe si fue por algún tipo de superstición, o por ser judía, ¡¡¡o quién sabe el por qué…pero en mala hora…!!!
La peregrina siguió su camino, no sin antes echar una maldición sobre el pueblo al llegar al punto más alto del puente donde termina la población:
“¡CANFRANC, YO TE MALDIGO!
Decidimos dos de los soldados acudir a los gritos de auxilio para romper el maleficio de aquella zona, pero comprobemos que el peregrino era un soldado de la avanzadilla que se vio sorprendido por una violenta ventisca en la cima de aquel monte y que estaba perdido y aterrado entre la niebla, la historia acabó dándonos un abrazo con aquel soldado que habíamos confundido con el peregrino de una leyenda como hay tantas en esos parajes de los pirineos Oscenses.