Ecos del Santo Reino se crea con la única intención de darme a conocer, solo pretendo poner una pincelada más al patrimonio literario de mi querida tierra Jienense.
Las imágenes que uso en este blog son tomadas de Google, en caso de que alguien se sienta invadido por favor hágamelo saber que serán retiradas de inmediato.




miércoles, 25 de abril de 2018

Un cacho de pan.




El médico me redujo la ración del pan. 
Los que endurecimos las encías, y probamos la fortaleza de nuestros dientes de leche mordiendo cortezas de pan; y caminamos detrás de nuestra madre, a la salida de la panadería, pidiendo un pellizquito y otro del pan que ella había comprado.
Los que saciamos nuestra hambre con un cacho pan o una rebanada, a veces espolvoreada de azúcar o con un chorreón de aceite y una onza de chocolate y algunas veces un chorreón de leche condesada.
Los que aprendimos a venerar el pan, recogiendo el trozo que se nos caía al suelo, soplándolo y besándolo como algo sagrado, pan bendito decíamos, antes de llevarlo a la boca. Y amontonábamos las migas que iban cayendo en nuestro regazo, mientras lo mordíamos, y las recogíamos en el cuenco de la mano y las estampábamos sobre nuestra boca abierta.
Los que a veces hemos matado el hambre de esta manera... no dejamos de mirar el pan con gratitud y de considerarlo el más noble de los alimentos.

domingo, 15 de abril de 2018

Las Capillas de la Catedral de Jaén



La 9ª Capilla de nuestra Catedral es la Capilla Mayor o del Santo Rostro.
Tiene un gran arco de medio punto, en el que aparece esculpido un antiguo escudo de armas de España, debido que la Iglesia fue consagrada por la conquista del Rey San Fernando, según unos y porque en ella están enterrados los infantes de Castilla D. Pedro y D. Juan, muertos por los moros.
La bóveda es de medio cañón, bellamente decorado.
El retablo costa de tres cuerpos. El primero es dórico, encontrándose en él las estatuas de San Pedro, San Pablo, San Bernardo y San Antonio Abab y dos cuadros de la pasión.
El segundo cuerpo, es de orden jónico y en el intercolumnio central existe una escultura de la Virgen de la Asunción, habiendo en los colaterales dos magníficos cuadros; El Descendimiento de la Cruz, copia de Daniel de Voltera y otro del Señor atado a la columna original de Juan de Navarrete <<El Mudo>>.
El tercer cuerpo es de orden corintio, formado por 4 columnas. Hay un grupo escultórico de Cristo en la Cruz, a pie de la Magdalena; en los intercolumnios laterales, se ven la Virgen y San Juan y en los extremos estatuas alegóricas de la Fe, Esperanza, Caridad y Religión, coronándose todo con un frontón triangular que tiene en el centro el Padre Eterno.
En los laterales de la Capilla, hay dos grandes cuadros, representando La Asunción, de influencia italiana y la Visitación, de escuela Sevillana.
En el lateral derecho de esta capilla, hay una cajonera, donde está el cuerpo del Obispo Don Alonso Suarez de la Fuente, que levanto de cimiento esta capilla e hizo a su cargo la coronación y sillería del coro.

lunes, 12 de marzo de 2018

Mi profesor Don Vicente


Las palabras no son capaz de describir tantos sentimientos guardados, a lo sumo un esbozo desdibujado de un instante vivido, colores, olores, imágenes de un pasado muy, muy lejano.
Dicen que el recuerdo es el cimiento de nuestras actuales vidas, quizá sea cierto, cada día que pasa, aquellas imágenes vuelven a mi vida llenas de añoranza de una niñez y una juventud perdida en el transcurso del tiempo, ese tiempo que implacable, inexorable avanza sin que nada pueda detenerlo.
Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive el recuerdo de un maestro. El que nos enseñó a leer en la cartilla formando palabras con las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’. El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza y despertó nuestra fantasía con sus relatos.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores que a diario nos hacían cantar el cara al sol y prietas las filas. El maestro escribía cada día en la pizarra fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Y siempre con un mismo lema, una, grande y libre.
Siendo Don Manuel el sustituto de Don Andes como director del colegio llego Don Vicente como profesor o maestro como nosotros los niños de antaño lo llamábamos
Con Don Vicente pasé quizás mi mejor año escolar fue el primer año que pise la segunda planta de esta escuela en una aula o clase amplia y clara, llena de la alegría que le regalaban a raudales los grandes ventanales. A ellas daba la fila de pupitres entre los que se encontraba los que yo ocupé, muy cercanos siempre a la mesa del maestro donde los rayos del sol penetraban y aprendí a leer el horario solar según la posición de los rayos, aprendí el tiempo de clase transcurrido, lo que faltaba para el recreo y las salidas; y la profundidad de los rayos del sol fueron enseñándome el ritmo de las estaciones con mágicas marcas amarillas, con sus distancias mudables, en el suelo.
De lo que aprendí ese curso ya no me acuerdo, pero si puedo asegurar que anterior mente no había aprendido nada de nada de nada. Con la llegada de Don Vicente todo cambio en mi aprendizaje, quizás sus métodos más suaves y su infinita paciencia que me permitió nuevos aprendizajes. Sé cuánto me podía la curiosidad por lo que guardaba la enciclopedia; sobre todo sus historias y dibujos, la música de los versos y las moralejas de las fábulas. Mi fantasía me traía y me llevaba entre las páginas de los libros que encontré en aquella clase de Don Vicente, ganándome ya siempre para la lectura. Muchas enseñanzas que encontré en ellos, los rótulos de algunas lecciones y las estampas que las ilustraban me han visitado a menudo coloreadas de melancolía. Las tareas escolares de entonces las tomé más como desafío que como obligación. El deber y el esfuerzo que me exigían me estimulaban del mismo modo que las reglas, a veces tan estrictas, de los juegos infantiles que llenaban mis horas de asueto. Detrás de las dificultades que vencía y de los retos que superaba la confianza en mí mismo. Junto a estas sensaciones, de la película del que fue mi último año en la escuela, perviven nítidas otras escenas que me hacen añorar una época irrepetible, al finalizar el curso Don Vicente murió dejando huérfana a toda una clase que logro enderezar con un simple buenos días niños

viernes, 9 de marzo de 2018

El zocato



Menudo problema el de ser zurdo en aquellos años de los sesenta.
Soy zurdo de pie y de mano. Y en el colegio siempre tuve problemas con este “defecto o virtud” que según Don Manuel “el loco” uno de los profesores que tuve me dijo que yo tenía “dislexia” menuda mañana de risa pasaron todos mis compañero que eran tanto o más ignorantes que yo, nadie entendió la palabra y todos se reían como si supiesen el significado, cuando llegué a casa se lo comenté a mi madre, “mamá Don Manuel el maestro me dijo esta mañana que tengo “dislexia” en la mano izquierda”, supongo que mi madre desconocedora del significado de aquella palabra me dijo,” el sí que tiene “dislexia” en los “guevos”“y yo ni corto ni perezoso por la tarde se lo solté a Don Manuel todavía con las manos enrojecidas después de haberme dado una buena tanda de palmetazos en las manos por no haber acertado todos los resultados de la tabla de multiplicar, recuerdo que se fue para el pupitre donde estaba yo sentado y sentí como mi cuerpo se despegaba de la silla estirado de una de mis rapadas patillas, cortadas por encima de las orejas. Silencio. La clase se vistió en un grito mudo, en caras de susto y las primeras risas maliciosas de los compañeros insensibles al dolor ajeno, cuando mi cara fue cruzada de izquierdas a derechas o como decía Don Manuel, de diestra a siniestra, “te tengo dicho que no se escribe con la izquierda niño de mierda.” Después de las palabras, otra vez el silencio, y la mano volvió a cruzar mi cara de derecha a izquierda.
En aquel preciso momento se quitó la correa y pensé la de palos que me daría, me cogió con fuerza la mano izquierda y me la amarro a las espaldas con la correa poniéndome de rodillas , “ahora verás como aprendes a escribir con la derecha”, después de su gesta Don Manuel se salió al pasillo y comenzó a cantar versos en Latín, en todo el colegio se le conocía incluso por los profesores, como Don Manuel Segura “el loco”, este castigo de amarrarme la mano y permanece de rodillas duró todo lo que quedaba de curso, aprobado y bien visto por el director y los demás profesores que al verme con la mano atada miraron para otro sitio, en aquellos momento recordé que en mi casa, siempre con otra amabilidad de vez en cuando, oía: “Miguel no se come con la mano izquierda. Haz el favor de coger la cuchara con la derecha”. Aquel profesor se ganó mi respeto y el de toda la clase transformada en pánico con la ayuda de una gran regla de madera, que según él decía que esa regla nos haría hombres de provecho mientras canturreaba en Latín mirando las fotos de Franco y José Antonio, y el crucifijo que reinaban por encima de la pizarra de la clase, Don Manuel consiguió que fuese y soy una persona ambidiestra. Nunca más durante mi vida tuve problemas por ser zurdo.

lunes, 8 de enero de 2018

La pistola




Esto que a continuación cuento, no recuerdo si lo viví o lo soñé o hay una mezcla de ambas cosas.
De niño fui monaguillo, uno de esos pillines que abría la alacena para meter el hocico en la botella del vino, ¡madre mía qué lingotazos le pegábamos a la botella! En unos de los rincones de la parroquia, los monaguillos teníamos una caja de zapatos con una pareja de ratones blancos, muy usual en aquellos años, una tarde al llegar nos dimos cuenta que los ratones habían desaparecido, agujerearon la caja y desaparecieron. 
Mi Parroquia tenía un altar con un crucificado, un nazareno y una dolorosa, también tenía un Cristo preso y entre varios santos, una santa que le daba nombre a la Parroquia y al barrio. 
En aquellos años la Parroquia estaba algo diferente a hoy, tenía pulpito donde el cura se subía a dar las charlas o sermones, y la sacristía en otra ubicación diferente a la de hoy en día y todo estaba mucho más viejo a conforme está actualmente. 
En cierta ocasión el cura párroco andaba desesperado, en la Parroquia habían comenzado a deambular una serie de incómodos ratoncillos que aparecían en cualquier sitio o lugar en los momentos más inoportunos. El pobre no sabía qué hacer, había probado a poner pequeñas cantidades de raticida que compró en la droguería del barrio. Pero todos sus esfuerzos habían resultado inútiles. Los ratones surgían en cualquier momento y a cualquier hora.
Sentado en su mesa de la sacristía el cura se llevaba constante mente las manos a la cabeza 
-No sé qué hacer, me tienen los ratones muy cabreado.
Los fieles que acudían a la parroquia comenzaron a sufrir tantos sobresaltos encadenados que la asistencia descendió a niveles insospechados. Abatido y sin soluciones humanas, el cura decidió acudir al obispo para contarle la terrible desgracia que asolaba a su Parroquia. El obispo, con una sonrisa paternal, le sugirió que avisase al cualquier albañil del barrio ya que era un barrio obrero y tapase los agujeros de toda la Parroquia y sobre todo de la sacristía. Y el párroco marchó con la convicción de haber hallado la respuesta al problema. 
Pero al cabo de algunas semanas tuvo que volver a visitar al obispo el cual le dijo que la semana que viene pasará por la Parroquia para dar alguna solución más eficaz.
La visita del obispo no tardó en hacerse y aquella misma tarde el cura y los tres monaguillos estuvimos haciendo limpieza en la sacristía. 
De repente el cura me llamó y me dijo:
-Toma esta bolsa y escóndela mientras viene el obispo y que nadie la vea>> me dio una bolsa de tela con algo dentro yo creía que era un zapato.
Justamente por debajo de la parroquia había una casa derrumbada por donde corría un pequeño arroyo de agua y una cueva que daba al patio de un colegio. Allá al fondo de la cueva escondí la bolsa de tela, y cosa de niño, primero abrí la bolsa para mirar lo que escondía,
-Madre mía, una pistola de verdad .
Me senté en una piedra y la trastee durante un buen rato, le saque el cargador que por cierto estaba vacío, y dispare todo lo que pude, no recuerdo a que disparaba pero sí que recuerdo que decía: Muérete, muérete. 
Asustado levanté algunas piedras y escondí la bolsa debajo de ellas, después en vez de regresar a la parroquia me fui a mi casa.
A los pocos días estando en la escuela me llamaron a dirección y mi sorpresa fue que estaba el señor cura en el despacho del director:
-¿Que te pasó que no volviste a la parroquia?
-Es que me puse malo.
Era la excusa que antes se usaba para una justificación:
-Bueno, ¿dónde está eso?>> pregunto el cura.
-La tengo escondida en la cueva
Se levantó de un salto y dijo:
- ¿Qué hiciste? ¿Mirar lo que había dentro? 
-Sabes que tienes un pecado que nadie te quitará.
 En aquel momento me eché a llorar y cogiéndome de una oreja me dijo:
-Ahora mismo me vas a llevar a esa cueva y desgraciado de ti como no esté la bolsa allí.
A la cueva se entraba por uno de los patios del colegio, el ascenso era a través de un pequeño charco de agua y unas matas de juncos, nos pusimos los zapatos llenos de barro y Don….se puso los bajos de la sotana hechos una mierda, constantemente me insistía:
-Te la deberías de haber llevado a tu casa, mira como me estoy poniendo.
La verdad que ya no me acordaba exactamente en qué lugar de la cueva la escondí y aparte alguien había encendido una lumbre precisamente en el lugar que yo creía haber ocultado la bolsa, revolvimos todos y no encontremos nada, me cogió fuertemente del brazo y me dijo 
-Como no aparezca la bolsa tu padre ira a la cárcel.
En aquel momento pegué un estirón y salí corriendo, estuve algunos días haciendo la rabona en el colegio y dándole de lado al cura cuando lo veía.
Poco a poco aquello se olvidó la cueva, la derrumbaron para hacer una casa y una calle nueva, quedando una historia oculta. Luego me enteré que esa cueva había sido un horno árabe o romano.

lunes, 1 de enero de 2018

Recordando a Pablo III




¡Cuánto echo de menos al amigo  Pablo!, parece que lo estoy viendo con su caminar, con su paso firme.  Nunca le sobraban las palabras. Era un hombre introvertido, agarrado a sus pensamientos, absorto en los recuerdos que le habían ido dejando una vida larga y llena de dificultades.
Recuerdo que un sábado por la tarde  bajé a la residencia y lo encontré en los jardines sentado, todo emocionado escuchando una corrida de toros por el transistor. Lo acompañaban sus recuerdos y el humo del tabaco. El cigarrillo formaba parte de su personalidad como un trozo de su cuerpo, estaba tan hecho a él que tenía un surco entre los dedos y una mueca en los labios. Fumó desde que era un niño,  sin tregua, con esa clase de eternos fumadores que tenían los hombres de antaño y como tal nunca se miró a un espejo: 
-Pablo, ¿qué haces?
-Aquí, toreando.
-Toreando.
-Si toreando, yo es que toreo con la vista.
-¿Sabes Miguelillo, que el tío Pablete, mi padrino, era torerillo? Se dedicaba a ir por los pueblos dando novilladas, mi madre decía que era el más  rebelde, el más rojillo de  la familia.  aun andará en alguna cuneta enterrado, él quiso continuar la guerra con la guerrilla. No sé si por amor de hermana, pero mi madre siempre nos dijo que  era el más guapo de todos mis tíos.
-Su buen porte de joven le valió en Jaén el apodo del "Chulapo" porque después de torear en un pueblo de Madrid llegó a Jaén  vestido con un impecable traje de chaqueta y un envidiable aspecto. ¡Menudo era mi tío!, tenía alteradas a todas las mozas. 
-¿Entonces no supisteis nada más de él?
-Que vaaaa, mi madre preguntó, y le comentaron que lo pillaron y lo fusilaron.
-¡Madre mía, que dura fue  la guerra!
-Escucha lo que te voy a decir Miguelillo, teniendo yo unos diez o doce años estábamos al comienzo de la  guerra y mi padre, a pesar de sus ideas, decidió no ir a luchar por voluntad propia pero al mismo tiempo fue obligado a luchar con el bando republicano.
-Contaba mi padre que el día a día era muy duro, que la gente vivía con miedo, con inseguridad, que parecían nómadas, que se escondían en las cuevas del castillo y eso no era vivir. Los campos no daban cosechas y la poca que había se la llevaban los soldados, una vez los nacionales y otras los republicanos y él se veía obligado a robar en las huertas colindantes.  
-Ese año por Navidad  fuimos a ver al “duende” el que estaba escondido en el sótano de la Eufrasia  y me dijo que él conoció a Franco,  decía que tampoco era tan malo como lo pintaban, que tenía sus propias ideas, que era de mente cerrada, cazurro y muy de lo suyo, también decía que fue muy cabrón al  bombardear Jaén, aquel día decidió  desertar.
­-Aquella noche del 24 de  Diciembre fue demasiado  larga y fría, casi toda la familia cenemos  en casa de la tía Eufrasia.  Tu padre y yo, que éramos los más pequeños,  nos fuimos a la cama , después de la cena. A pesar de estar en guerra y haber tanta hambre, no sé de dónde sacaron un “choto”, tus abuelos lo cocinaron en el cortijo, para que no oliese y los vecinos no le diesen a la lengua. 
-Después de la cena, los hombres decidieron salir a tomar unas copas por la Magdalena y el “duende” se empeñó  en irse con ellos: con mi padre, tu abuelo, tu tío Juan de Dios y el tío Pedro, hermano de tu abuelo.  
-La verdad que no se a la hora que vinieron los hombres, pero me despertaron unos lamentos y un quejido, que nunca se me olvidará, di un salto de la cama y tu padre ya estaba mirando por la ventana.
-¿Que pasa Ramón?  shhhh, calla, calla, habla despacio. 
-En aquellos momentos  vimos una silueta que  arrastraba los pies, como si  llevaran una losa encima, no podían con su alma, aquella silueta  cayó al suelo en la mismísima puerta de la casa y pidiendo auxilio. Y en voz baja pedían que le ayudaran.
-En la sala baja de la casa se murmuraba que era el “duende” el que pedía auxilio pero todos tenían miedo por si acaso era una trampa y acababan todos en la cárcel.
-Miguelillo, en aquella casa, todos eran comunistas, hasta las mujeres que tenían un par de cojones, ya que  dos de tus tías estaban en la guerra.  Eran tan angustiosos los quejidos que se oían, que pudieron más que las consecuencias que pudiera tener, apagaron la luz y muy despacio fueron abriendo la puerta de la calle y como a un metro de distancia, delante de la casa, había un hombre tirado en el suelo. Tu abuelo que era un borrico lo cogió  de un puñado, se lo echó al hombro y lo entró en la casa. Tenía la cara y el cuerpo desfigurado, machacado por los golpes, estaba sangrando mucho. Como pudieron lo bajaron al sótano donde él tenía su escondite y lo tumbaron en su cama, tu abuela en aquel momento murmuró:
-Sacad a los chiquillos de aquí, que no vean estas cosas.  
 -¡déjalos –dijo mi padre- y que vallan sabiendo lo que es la vida!  
 - Cuando le quitaron la camisa parecía un santo cristo, tenía todo el cuerpo morado por los golpes que le habían  propinado con tanta saña. El tío Pedro murmuró:
- Esto es cosa del tendero, esto es cosa del tendero, me cago en “tos” sus calostros.
-Nosotros nos arrinconemos y los demás murmuraban de venganzas y no sé de qué cosas más, entre todos lo lavaron y curaron y le preguntaban que quien había sido. Él entre lenguas le decía que no sabía quién eran, ni qué le había pasado, no  se acordaba de nada, solo repetía y volvía a repetir que había estado en la calle Cruz Verde y que mañana vendrán a por todos vosotros. 
-Aquella noche de navidad fue demasiado agitada, tu abuelo se volvió a echar al duende al hombro y en la oscuridad de la noche  todos los de la casa nos fuimos calle abajo hasta llegar al Arrabalejo donde vivía un familiar de tu abuela Josefa, imagínate aquel familiar era guardia de asalto y según tu abuelo tenia porque callar. 
-Aquella familia solo murmuraba en el lio que lo estábamos metiendo.    
-Rápidamente lo acostaron y lo dejaron descansar, al otro día cuando despertó, estaba muy desorientado, no sabía dónde estaba, al intentar levantarse, se mareó y cayó, poco a poco fue tomando conciencia de lo que le había pasado y la abuela le dijo dónde estaba, y lo grave del suceso.
-Le volvió a curar las heridas, le dio un poco de sopa caliente para que recuperase las fuerzas  ya que estaba muy débil, cuando  se había recuperado un  poco, comenzó a relatar lo sucedido, pero todo lo suyo era que quería abandonar el país, que nuestras vidas  corría peligro si él estaba entre nosotros.
-Date cuenta Miguelillo, el “duende” era prófugo de los Nacionales y lo buscaban como aguja en un pajar.
-En aquella casa estuvimos unos días escondidos, aquella familia vivían sin preocupaciones y todo lo suyo era murmurar, en el lio que los habíamos metido.
-Al cabo de unos días apareció tu abuelo con una bestia lo cargó y lo bajaron al cortijo.