Ecos del Santo Reino se crea con la única intención de darme a conocer, solo pretendo poner una pincelada más al patrimonio literario de mi querida tierra Jienense.
Las imágenes que uso en este blog son tomadas de Google, en caso de que alguien se sienta invadido por favor hágamelo saber que serán retiradas de inmediato.




jueves, 9 de mayo de 2019

Guitarra

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Eres tú guitarra, el latido que aviva y engulle el fuego de la fragua, el lamento que desprende y siembra en la Magdalena entre el aroma a hierbabuena, romero y menta. Eres tu guitarra, la nota que cautiva el corazón de un barrio que levanta su voz entre la brisa y el viento, para ser relicario de dulzura que abrazado a su ternura se reíla entre las cuerdas de la templada guitarra. No hay nada más auténtico que escuchar una guitarra, mientras paseas por el patio de la Iglesia de la Magdalena, escuchando el relajado susurrar de sus aguas en el estanque. Estanque que refleja todo el esplendor que guarda su leyenda escondida entre rejas, piedras y macetas. Llanto, agua y sangre que corre por las venas de la gente nacida y criada a su alrededor, chorros testigos directos del propio devenir histórico del barrio. Guitarra que fuiste y serás, fiel acompañante y dueña de fantasías, tristezas y dolores, relicario de amor bajo la luna que te susurra. Y entre las cuerdas una tímida luz, dando realce a las bóvedas del templo del barrio, que cada noche lloran y vibran ante el Cristo de la Clemencia. Guitarra, que galantes son tus notas, esas que suenan a melancolía, canto y llanto mientras envuelves en un hilo al duende de la Magdalena, que en sus brazos te estrecha como se estrecha y acurruca un amor en primavera. Y cuando el dolor atormenta y el lamento es un quejío, la guitarra es el consuelo que se desborda y te abraza con dulzura, mientras escucha los cantares que a su par sueñan a las puertas de un suspiro. Así eres tú, guitarra, que en las manos de tu dueño, de día eres jovial y desbordante, de noche sufre el alma al oír tu canto que repleto de melancolía viaja en tu sedosa silueta que entre estrellas resuenan tus cuerdas como una campana que es el sueño de cualquier madrugada. Y es que eres hechicera y en tus hechuras de madera bien trabada los dedos sacrificados sufres los ecos y los lamentos que hablan de “Cantares” entonando y llorando fandangos. Quien pudiese abrazarte guitarra, como te abraza Sixto, en el patio de las abluciones de la Iglesia de mi barrio. Quien pudiera abrazarte guitarra. .
Eres tú guitarra, el latido que aviva y engulle el fuego de la fragua, el lamento que desprende y siembra en la Magdalena entre el aroma a hierbabuena, romero y menta. Eres tu guitarra, la nota que cautiva el corazón de un barrio que levanta su voz entre la brisa y el viento, para ser relicario de dulzura que abrazado a su ternura se reíla entre las cuerdas de la templada guitarra. No hay nada más auténtico que escuchar una guitarra, mientras paseas por el patio de la Iglesia de la Magdalena, escuchando el relajado susurrar de sus aguas en el estanque. Estanque que refleja todo el esplendor que guarda su leyenda escondida entre rejas, piedras y macetas. Llanto, agua y sangre que corre por las venas de la gente nacida y criada a su alrededor, chorros testigos directos del propio devenir histórico del barrio. Guitarra que fuiste y serás, fiel acompañante y dueña de fantasías, tristezas y dolores, relicario de amor bajo la luna que te susurra. Y entre las cuerdas una tímida luz, dando realce a las bóvedas del templo del barrio, que cada noche lloran y vibran ante el Cristo de la Clemencia. Guitarra, que galantes son tus notas, esas que suenan a melancolía, canto y llanto mientras envuelves en un hilo al duende de la Magdalena, que en sus brazos te estrecha como se estrecha y acurruca un amor en primavera. Y cuando el dolor atormenta y el lamento es un quejío, la guitarra es el consuelo que se desborda y te abraza con dulzura, mientras escucha los cantares que a su par sueñan a las puertas de un suspiro. Así eres tú, guitarra, que en las manos de tu dueño, de día eres jovial y desbordante, de noche sufre el alma al oír tu canto que repleto de melancolía viaja en tu sedosa silueta que entre estrellas resuenan tus cuerdas como una campana que es el sueño de cualquier madrugada. Y es que eres hechicera y en tus hechuras de madera bien trabada los dedos sacrificados sufres los ecos y los lamentos que hablan de “Cantares” entonando y llorando fandangos. Quien pudiese abrazarte guitarra, como te abraza Sixto, en el patio de las abluciones de la Iglesia de mi barrio. Quien pudiera abrazarte guitarra. A Sixto Álvarez. Sus manos las mece el viento cuando acaricia la guitarra, y llora lento el sentimiento que entre notas se derraman. Y la noche se lamenta entre tacones y castañuelas, que dejan triste a la rosa, a la pura flor de la canela. Y mi barrio se hace sentimiento entre tientos y peteneras, que no hay palo que se le resista, a esta guitarra Jaenera. Y al compás de tanto llanto los quejidos son dolor, siendo sus manos la dulzura la pureza, amor y resplandor. En el silencio de la noche, una guitarra y una castañuela, lloran en las manos de Sixto por todo el barrio de la magdalena. Miguel de la Torre Padilla.

jueves, 2 de mayo de 2019

Venid y vamos todos

Quienes fuimos niños en la década de los sesenta nunca podemos olvidar el soniquete musical de la canción mariana “Venid y vamos todos con flores a María…” que durante el mes de mayo se repetía cada tarde en el ofrecimiento de “la flores” que, en forma de verso, recitábamos los niños y las niñas. Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María que Madre nuestra es. De nuevo aquí nos tienes purísima doncella, más que la Luna bella postradas a tus pies. Ahora que los niños hacen su primera comunión yo recuerdo aquellos mayos escolares, donde todas las tardes del mes se rezaban las flores en el vestíbulo de Ruiz Giménez “las escuelas nuevas de la Magdalena”, el mes de las flores, el mes de María, flor de las flores. Recuerdo la tarde en la que estando sentado en el suelo, porque los niños nos sentábamos en el suelo y los profesores se sentaban en unos bancos que había en la estrada, una de aquellas tardes me quede “frito” y de golpe me despertaron dos buenos coscorrones que me proporcionó el célebre Don Julio, me levanté de un golpe, abrí los ojos y miré la hornacina donde estaba la Virgen, abrí los brazos y recite con énfasis lo primero que se me vino a la cabeza: "Aunque soy tan pequeñito, y tengo tan poquita voz, nada me impide decir ¡viva la madre de Dios!". Aquello provoco las risas de todos los niños y profesores. Quiero recordar que durante todo el año en la hornacina que había justamente al principio de la escalera estaba el Sagrado Corazón de Jesús un tanto desportillado y en mayo lo cambiaban por una Inmaculada. En aquellas calurosas tardes se agradecía que las clases terminaran una hora antes, para poder realizar la ofrenda de flores a María. Recuerdo que salíamos de la clase caminando en una fila ordenada, cantando. Venid y vamos todas/ con flores a Porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es... (Ay, aquel Porfía indescifrable...). Las alumnos nos íbamos colocando en torno a la imagen, con un orden por clases, los cursos superiores se sentaban en las escaleras. "De nuevo aquí nos tienes/ Purísima Doncella/ más que la luna bella/ postradas a tus pies...". En aquella singular ceremonia no había lugar para la improvisación; cada día se establecía el reparto de tareas entre los alumnos, unos barríamos, la entrada otros tirábamos los contenedores y Don Julio era el encargado de dirigir el rezo, se sabía el santo rosario de carretilla, nosotros los niños también y pobre del que no se lo sabía los rosarios acababan con una oración: Oremus deus-equipe resurrección peca-toru prestacuesimo pereunde Cristo dormidu nostru (Puedo asegurar que este era el latín, así leído en voz alta y así escuchado

martes, 26 de marzo de 2019

Sor María



Esta historia que ahora comienzo, me la contó un señor con el que coincidí, en una visita guiada a el refugio del hospital de S. Juan de Dios en Jaén. Conversando, le conté lo del tren de locos que devolvieron a la Diputación en Jaén desde el sanatorio de S. Baudilio en Llobregat de Barcelona. Mientras escuchaba mi historia, otro señor se unió a nuestro diálogo y remató diciendo:
- Conozco el tema a fondo, aquellos hechos fueron tremendos; los pobres dementes fueron traídos al hospital a principios del siglo pasado y recluidos en los sótanos en condiciones infrahumanas.
Me dio la impresión de que este nuevo señor hablaba con bastante conocimiento, ya que dio fechas concretas que no pude retener. Aseguró que incluso algunos de los sesenta y tantos enfermos retornados no tenían ni siquiera cama donde dormir, ni ropas para vestirse, vivían con una dejadez tremenda.
El guía de la visita nos llamó la atención y la conversación de un tren de locos quedó en el aire.
Al finalizar la visita el anciano me llamó y me preguntó si queríamos tomar un café en la cafetería del hospital, a lo que gustosamente accedí.
Al vernos también se unió a nosotros el otro señor. Al llegar a la cafetería, instalada en los sótanos del hospital, el anciano nos dijo que quizás en esos sótanos fuese donde estuvieron recluidas todas aquellas pobres personas.
El señor que nos estuvo contando la historia dijo que llamaba Manuel, y se emocionaba constantemente, ya que la tristeza de aquel relato hacía revivir tiempos difíciles, tiempos de hambre, pena y miseria.
También salió en conversación el nombre de un doctor de antaño y la historia de sor María de Dios, enfermera durante años de dicho doctor y vecina nacida y criada en el barrio de la Magdalena e hija de Catalina; muy conocida en el barrio por su gran corazón y generosidad.
Este señor contó que Catalina tuvo la segunda de sus hijas cuando la primera ya estaba bien crecidita. La madre enfermó de tuberculosis y murió cinco años después de dar a luz a su pequeña niña, dejando desamparadas a las dos criaturas en manos de un marido que trabajaba de sol a sol y cuando no trabajaba se pasaba el día en la taberna.
La niña mayor contrajo también la enfermedad posiblemente por las visitas que le hacía a su madre un par de veces por semana al Sanatorio de El Neveral.
Aquel sanatorio se encontraba y se encuentra, rodeado de pinares y olivos cerca del Castillo de Santa Catalina a unos tres kilómetros de la ciudad, la niña subía y bajaba andando a través de un sendero entre pinos, torreones y piedras. A pesar de ello se hizo cargo de la casa, de su padre y de su hermana, quince años y ya toda una mujer, un ama de casa con la responsabilidad a las espaldas de un padre venido abajo y una hermana de unos cinco años. Lamentablemente la niña mayor murió víctima de su enfermedad, dejando sola y desamparada a su única hermana en manos de un padre que se encontraba sumergido en unos malos hábitos por las tabernas y las casas de citas que frecuentaba hasta agotar el salario, teniendo que mendigar un plato de comida por la calle donde vivía.
El señor Manuel nos contó que aquel hombre no tardó en juntarse con una señora viuda de alto postín venida abajo, que tenía dos hijos gemelos de unos ocho o diez años, y eran menores que aquella niña, la que en pocos días se convirtió en la cenicienta de aquella casa pasando de su habitación al hueco de la escalera, sufriendo las mil y una de las fatigas mientras abusaban de ella a todas horas.
Comenzaba sus tareas a primera hora de la mañana bajando a por agua al pilar del barrio, porque en aquellos años la mayoría de las casas carecían de agua corriente, y mientras ella preparaba la lumbre los hermanastros se desperezaban para ir al colegio. Injusticias de la vida, mientras unos vivían a cuerpo de rey; la niña sufría, siendo la sirvienta de aquella despiadada señora, una muerta de hambre con traje de seda.
Al paso de los años aquella niña se convirtió en una mujercita y por desgracia también cayó enferma y creyendo que tenía tuberculosis como su madre y hermana acudió a visitar al mismo doctor que atendió a su desafortunada hermana.
En la exploración aquel doctor le dijo que no tenía nada, que no se preocupase que lo que tenía era un resfriado mal curado. Le preguntó que si quería trabajar en su casa como asistenta interna y sin pensarlo dos veces aceptó aquel trabajo, desvinculándose por completo de aquella familia que la humilló y despreció a lo largo de una década perdiéndose todo lazo de hermandad entre madrastra, hermanastros y propio padre, que también consintió y aceptó el maltrato y las humillaciones que le daba su única hija.
El hombre amable y bien entrado en años - siguió contándonos - que aquella niña consiguió vencer todas las dificultades junto a la familia del médico que le abrieron las puertas y el corazón de su casa, pasando del trato de sirvienta al de hija.
Pasado un tiempo convertida en mujer adquirió grandes dotes y conocimientos de enfermería junto al prestigioso doctor que la mantuvo como enfermera de su consulta durante años, lo que dio a lugar que el afán de ayudar al prójimo la llevase a ingresar en una orden religiosa para estar mucho más cerca de los enfermos, de esa manera comenzó su trabajo en el hospital de S. Juan de Dios con el nombre de Sor María de Dios.
Cierto día y transcurridos unos años, ingresaron en el hospital a un anciano, al que lo acompañaba su esposa y sus dos hijos, dos hombres cuarentones chochos y gemelos.
Los dos hijos y madre, discutían sobre quién debería de quedarse aquella noche al cuidado del anciano padre, viendo Sor María que no se aclaraban entre ellos, ella se ofreció al cuidado del enfermo, a lo que no se opusieron ninguno de los tres.
Aquel hombre, enfermo asmático, estuvo ingresado durante algunas semanas en el hospital de los cuales ninguna noche sor María se apartó de aquella cama.
Entre el enfermo y la monja se creó una gran amistad, y una de las noches le confesó que los dos hombres que acompañaban a su mujer eran sus hijastros, que él estuvo casado de primeras nupcias con Catalina que murió enferma de tuberculosis y le dio dos hijas, una de ellas también murió de la misma enfermedad siendo muy joven y de la otra no sabía nada desde hace más de veinte años.
Sor María aquella noche lloró de rabia, impotencia y felicidad ya que había encontrado a su padre, aunque guardó el secreto y ella no confesó su identidad.
Pasados algunos años de la recuperación de aquel anciano, una mañana se presentó en el hospital uno de sus vecinos, precisamente el padre del señor que me contó la historia. Aquel hombre llegó mandado por el anciano, preguntando por Sor María de Dios, que
necesitaba de sus servicios, ella sin ninguna objeción acompañó a aquel hombre hasta la casa donde vivía el anciano, la misma casa donde ella nació, la misma casa donde vivió y padeció injusticias, vejaciones y humillaciones.
Al entrar en la casa se encontró con aquel hombre postrado en cama y le confesó que recurría a ella, ya que su propia familia al verlo enfermo e inútil lo había abandonado y no tenía a nadie.
Sor María rogó y pidió en su comunidad que la dejasen atender a aquel hombre moribundo, aquel hombre abandonado, aquel padre despiadado que tres lustros atrás consintió su propio abandono sin ningún miramiento.
La comunidad le denegó su petición ya que sus servicios en el hospital eran imprescindibles, y la enfermedad de aquel hombre se podía prolongar durante bastante tiempo.
Sor María se vio obligada a abandonar los hábitos por el periodo de tiempo que durase la enfermedad y el fatal desenlace de aquel hombre, su padre.
Sor María desveló su secreto a aquel anciano moribundo que ni tan siquiera se le había pasado por la cabeza que aquella monjita de corazón abierto pudiese ser su hija menor, aquella niña que dormía en el hueco de la escalera, fregaba, planchaba y hacía las veces de cenicienta, poco tardó aquel hombre en morir y poco tardaron en regresar sus hijastros y viuda haciéndose dueños y señores nuevamente de la casa, donde Sor María cayó embaucada por las falsas palabras de aquellas personas y volvió a ser nuevamente la cenicienta de aquellos tres despiadados, acusándola del abandono de su padre cuando más la necesitaba.
Le echaban en cara cada instante su abandono del hogar, dejando a su padre dolorido y que a causa de aquello enfermó de pena y tristeza, ella se sintió culpable y agachó la cabeza con resignación, acatando órdenes y mandatos como en tiempos de antaño.
Después de varios años de entrega y sacrificio aquel señor nos contó que Sor María enfermó y siguió atendiendo a aquella familia hasta que el cáncer que padecía la dejó postrada en cama y teniendo que ser atendida día y noche a lo que aquellos despiadados delincuentes decidieron llevarla al hospital alegando que ellos no podían atenderla, la dejaron en el más absoluto de los abandonos hasta que murió en una sala del hospital, rodeada de sus hermanas de la congregación que le devolvieron los hábitos con los que fue enterrada.
La conversación acabó con una frase que nos puso el pelo de punta. El anciano que nos contó la historia acabó diciendo: “Quizá sea sor María el espíritu de la monja que se deja ver de vez en cuando y se pasea por los pasillos del hospital”.
El señor Manuel nos dijo que él llevaba viviendo en la calle Arquillos toda la vida y que conocía la historia al dedillo.
Al pasar por dicha calle quedé perplejo: la casa mencionada, me dijo un vecino, que llevaba derrumbada más de dos décadas y que allí no vivía nadie llamado Manuel desde hace mas de cuarenta años.
Miguel De la Torre Padilla


El ermitaño




Hace algún tiempo me contaron una leyenda sobre una ermita, un ermitaño, un crucifijo, un rico, un pobre y un muchacho.
Aquella leyenda, hablaba de un hombre que ahora no recuerdo su nombre y que su misión era cuidar una capilla que había en medio del campo. A ella, acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta capilla había un crucifijo muy antiguo. Al que la mayoría de la población acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro. El Cristo no paraba de hacer milagros.
El anciano ermitaño después de tantísimos años al cuidado de la ermita quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodillo ante la cruz y dijo :Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.​ Y se quedó fijo con la mirada puesta en aquel crucifijo esperando con ansias la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:​ Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.​​
¿Cual, Señor? preguntó con acento suplicante el viejo ermitaño. ¿Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!​​
Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de quedarte siempre en silencio.​​
​El anciano ermitaño contestó: Te lo prometo, Señor.​​
Y se efectuó el cambio. Nadie pudo apreciar el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.​​
Un día, llegó un rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. El anciano desde la cruz lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho que estaba orando se la había apropiado.​
El rico enfurecido se volvió al joven y le dijo: ¡Dame la bolsa que me has robado!. El joven sorprendido, replicó: ¡No he robado ninguna bolsa!. ¡No mientas, devuélvemela enseguida!. ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa! afirmó el muchacho. El rico arremetió, furioso contra él.​
En ese preciso momento sonó entonces una voz clara y fuerte: ¡Detente!​
El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. el anciano desde la cruz ya no pudo, permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. El hombre quedó anonadado, perplejo, y salió de la capilla corriendo. El joven salió también estupefacto por lo que había visto y porque tenia prisa para emprender su viaje.
Cuando la capilla quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.​
Señor, - dijo el anciano ermitaño
- ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?.​
Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz. El Señor, siguió hablando:​
Tu no sabias que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer.​
El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero, pues su familia estaba pasando por una hambruna terrible e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de naufragar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso callo. Y el Señor nuevamente guardó silencio.
El que Dios no nos dé siempre lo que le pedimos, no quiere decir que no nos haya oído.


domingo, 24 de marzo de 2019

El mendigo y la ermita

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Mientras movía y removía las migas, mi suegro me dijo:
- Miguelillo, a ti que te gustan estas cosas tenemos que ir cualquier domingo a Pancorbo, un pueblo precioso.
-¿ Y eso donde está? -le respondí. ​
He de confesar que, al recordar este tema, se me pone el vello de punta y se me nublan los ojos de emoción ya que mi suegro me quiso como se quiere a un hijo y me trató como tal. ​​
Mientras seguía removiendo las migas me dijo:
-Eso está ahí mismo en Burgos a unas tres horas en coche, he de alegar que estábamos en Madrid. ​​ ​​
Al domingo siguiente toda la familia madrugamos y cogimos el coche con el abuelo al frente del volante, yendo directamente sin hacer ningún descanso hasta Pancorbo, donde echamos parte de la mañana visitando sus calles, plazas y monumentos. Al medio día comimos en un mesón que ahora no recuerdo el nombre y en el que nos recomendaron visitar una pequeña ermita, que está dedicada a Nª Sra. del Camino. ​​
Al llegar a la ermita comprobamos que estaba cerrada a cal y canto , también quiero decir que había bastantes fieles fuera rezando una especie de novena o romería. ​​
A través de la reja que hay en la puerta, se vislumbraba en la penumbra la venerada imagen de la Virgen, con flores, velas, y algunas monedas esparcidas por el suelo que tienen a bien echar los devotos de aquella imagen como ofrenda, junto con sus plegarias. ​
Un señor de los asistentes en aquel momento dijo.​​
- Las monedas que son para la Virgen, como si la virgen necesitase de nuestra calderilla, en aquel momento otro señor anciano y peregrino le respondió.​
_! Pues sí, la necesita, a la vista está en la historia del mendigo de Pancorbo.​​
Una vez que se fue el primer señor le pregunte al anciano.​
-Que es lo de la historia del mendigo. ​
Aquel anciano muy atento y un claro acento castellano me dijo.​
-Hace décadas mendigaba por estos parajes un anciano pobre. Con humildad iba pordioseando, de puerta en puerta, una limosna y, cuando se la daban, agradecido besaba el mendrugo de pan que le ofrecían para saciar su hambre, y cuando no rezaba una oración por los de casa. Pobre pero honrado, amable y educado... era estimado por todos los vecinos por su carácter agradecido ¡Nunca había dado que hablar el mendigo de Pancorbo, ni un mal modo ni un desaire!​
Un buen día le encontraron muerto en su choza destartalada chabola. Llamaron al cura, quien tras rezar un responso, dispuso de sus escasos enseres. Tan apenas un bastón con la punta ennegrecida, una lata de pez y un añoso zurrón, donde -entre miajas- había un pequeño cuadernillo viejo y manoseado junto a un pequeño lapicero. El sacerdote lo abrió y leyó: - Día 3 de enero de 1931: “Le tomo prestados a la Virgen dos reales”. Día 22 de Febrero de 1931: “Le debo a la Virgen lo que me prestó”. Día 28 de febrero: "Cojo tres gordas a la Virgen". Día 14 de Marzo: “Le devuelvo lo que le pedí y la adelanto a la Virgen un real”… Y así seguía su peculiar apunte relacionando los préstamos y devoluciones: “Debo a la Virgen…” “La Virgen me debe…”​
Le volví a preguntar al anciano.
-Que significa todo aquello de le debo y le pago a la Virgen, ​
el anciano me volvió a responder. ​
-ES que aquel buen hombre, pobre pero honrado, cuando arreciaba el crudo invierno y las limosnas eran escasas…, sin que nadie le viera, introducía por la reja de la ermita su bastón embadurnado de alquitrán en la punta y así recogía las monedas que se pegaban a él de entre las que estaban esparcidas por el suelo. A la vista está -porque lo canta su libreta- que sólo lo hacía en caso de extrema necesidad y con el firme propósito de devolverlas en cuanto posible le fuera. ¿Acaso negaría la Madre a sus hijos más necesitados lo que necesitasen? Sabedor el buen mendigo que aquellas monedas eran empleadas en el culto de la ermita (flores, cera, manteles, Misas...) ¡con qué interés afinaba sus apuntes de deudas! Cuánta delicadeza...​
El anciano acabo su historia diciendo.​
-El cura pasó con ligereza aquellas viejas hojas hasta dar con la última anotación, escrita justo el día anterior. En el último apunte contable, que había hecho el mendigo, figuraba escrito: “Devuelvo cuanto le debo ¡Estoy en paz con la Virgen!…” En paz con la Virgen murió…

domingo, 3 de marzo de 2019

D.N.I







Sabíais que en el 1944 En España, por iniciativa de la Presidencia de Gobierno, o lo que es lo mismo, del general Franco, un decreto establece la creación del Documento Nacional de Identidad para tener más y mejor controlados a los españoles. Los primeros obligados en tenerlo serán los presos y los que permanecen en libertad vigilada. En segundo lugar, los varones que por su profesión o negocio cambien con asiduidad de domicilio. En tercer lugar, los hombres residentes en ciudades de más de 100.000 habitantes. Luego, los varones que habiten en localidades entre 25.000 y 100.000 habitantes, después las mujeres que viajen por motivos de trabajo y así sucesivamente hasta completar en unos años el total de la sociedad. (Hace 71 años)

jueves, 28 de febrero de 2019

“La buena gente no surge de la nada







“Las personas más bellas o buenas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y encontraron su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, de humildad y de una profunda inquietud amorosa hacia los demás. La buena gente no surge de la nada.”
La buena gente son aquellas que tiene compasión por las dificultades de otros así como la tienen por sí misma. Gente humilde que ofrece Amor (el verdadero Amor) a los demás. En mi nombre y en de mi familia le doy las gracias a toda ésta gente que desinteresadamente dan y ofrecen.
La buena gente demuestra en los momentos difíciles su belleza interior y la humildad ya que son los tesoros más preciados que se pueden obtener a través del camino de la vida, y es todo un largo aprendizaje.
La buena gente son aquellas que han sufrido a lo largo de su vida y han encontrado una manera de salir de esas profundidades. Aquellas que habían afrontado situaciones dolorosas con serenidad y valentía.
La buena gente, la gente más bella que conoció no son personas que tienen mucho dinero, ni tienen vistosas joyas. Las personas más bellas que he conoció son aquellas que han sufrido, pasado y penado y a pesar de ello su corazón siempre fue generoso. Hoy día de Andalucía lanzo un viva, un bravo y un hurra por nuestro amigo Adrián ya que la buena gente no nace de la noche a la mañana. Se hace a lo largo de un largo proceso que abarca toda una vida, o por lo menos una parte de ella, y que tiene y lleva como bandera al amor.

lunes, 28 de enero de 2019

Digo yo.





¿Acaso los hijos devolvemos un poco de todo eso que nos dio nuestra madre?
Nunca es tarde si la dicha es buena.
Madre, gracias por tu amor, por tu apoyo, por tus enseñanzas, pero sobre todo, por mantener vivo el amor de nuestra familia y ese lazo tan estrecho entre tú y yo.
Fuiste gran ejemplo y pilar de mi vida, fortaleza y refugio para mis pesares, dicha y esperanza en mis sueños, los que alcance y los que no pude realizar
En las entrañas de una madre es donde comienza la vida, ella fue quien nos resguardo en su vientre mientras nos formábamos y luego cuido de nosotros mientras crecíamos, luchó hasta que estuvimos listos para salir al mundo, el mayor valor que una madre puede tener es su entrega incondicional y absoluta ya que madre solo hay una, ella es quien satisface, por un largo tiempo, nuestras necesidades; nos alimenta, cuida, educa y además nos ama incondicionalmente durante toda su vida.

domingo, 20 de enero de 2019

La abuela Dolores



Recuerdo perfectamente a mi abuela Dolores, de niño siempre me gustó mirarle sus manos, me quedaba mirándola, recorría su rostro lleno de arrugas, y su pelo grisáceo, casi blanco...y cuando me sorprendía, me preguntaba
- ¿Qué coño me mira tanto?
Mi respuesta siempre fue la misma: -"Miro tus manos, tu cara, tu pelo y tus arrugas para saber cuántas de ellas son por mi culpa"...y ella sonreía me cogía mis manos y decía que las arrugas son la belleza de la vejez y me pasaba su mano por la cabeza.
De niño pensaba que los abuelos todo lo pueden y no entendemos sus lágrimas. Creemos que no siente cansancio, que no sufre. Esa imagen que guardamos de ellos con el tiempo no coincide con la que vemos cuando pasan los años. Entonces descubrimos que ellos también sufrieron, se cansaron, estuvieron tristes, y apenas tuvieron fuerzas para tanto sacrificio como hicieron, callando y ocultando el dolor.
Mi abuela fue una mujer sacrificada. Tuvo 7 hijos, aunque uno “Agustín” murió siendo niño quedó viuda en 1943, sola, con una buena cantidad de bocas para alimentar. Y Dios quiso que los mantuviera alimentados, sanos y limpios. Su lema era: "Pobres pero limpios". Ella, Lavaba y remendaba la ropa que le regalaban. La pobre nunca supo de cumpleaños ni navidades, y mucho menos de regalos, pero igual, en su conciencia e inocencia fue una abuela feliz.


Recuerdos

 


Qué bonito es recordar lo pasado, sacar de nuestra mente toda esa tensión para poder analizar nuestra propia historia sumergiéndonos en momentos que no recordábamos, pero al estar escritos invaden nuestra mente de una manera tan positiva, que a veces incluso deseas volver a tus recuerdos, volver a ser aquel niño que correteaba por mi barrio de  la Magdalena jugando con su aro, pero prefiero por el momento quedarme en el presente que para mí es más hermoso aún, ya que se ha formado y forjado de lazos más profundos y duraderos y ese pasado me ayuda a volar cada vez más alto, el ayer y el hoy son dos mundos diferentes pensamientos totalmente distintos, pero siempre con un mismo corazón.
Los recuerdos son buenos mientras no te hagan daño y mientras no los mezcles con tu presente ni con tu futuro, tengo recuerdos muy bonitos, de infancia, de aquellos amigos que jugaban y jugábamos sin ninguna preocupación, a veces recordar te hace bien, te ayuda a reírte de aquellas situaciones que antes te parecían imposibles de solucionar, te ayuda a analizar como pensabas antes y como piensas ahora, que ha cambiado en ti y que mantienes, de aquel niño que fuiste, aunque mi madre me decía que nunca cambiase que tuviese los años que tuviese siempre sería un chiquillo.
Recuerdo también como antes el problema más pequeñito era el más grande para mí y como ahora todo ha cambiado, hasta los amigos y los hermanos, pero es bonito seguir recordando, a veces es como leer un cuento o una historia, nuestra propia historia que la vives letra a letra mientras la lees, y que parece que estás leyendo la vida de otra persona pero luego te descubres en cada renglón de la historia, con experiencias más fuertes y dolorosas pero sé que algún día también me reiré, porque ese día aprenderé de las experiencias de hoy y me haré aún más fuerte, igual que en mi pasado el cual repercutió en mi presente haciéndome una persona más natural y sencilla.

viernes, 18 de enero de 2019

Un amor






Un amor es quien te acepta como eres, quien te ayuda a ser mejor. Es alguien que te levanta el ánimo cuando lo necesitas. Es alguien con quien se puede bromear sin que te enojes. Es alguien que se acuerda de ti cuando reza. Es alguien que te quiere por lo que eres y no por lo que tienes ni por lo que sabes. Es alguien que no se queda mirando, sino que te lleva a mirar juntos en la misma dirección. Es alguien que se interesa por tus cosas aunque sean pequeñas. Es alguien que se acuerda de ti cuando tu no estas y no te deja cuando fracasas. Es alguien que comparte tu soledad y tu tristeza, así como tus alegrías y tus sonrisas. Es alguien que trata de entenderte. Es alguien que sé lanza contigo a correr riesgos y que nunca te negará su ayuda cuando la necesites.

domingo, 29 de julio de 2018






María era una joven que acudía frecuentemente a una vidente muy conocida y famosa por sus aciertos adivinando el pasado el presente y el futuro.
Aquel día llegó a la consulta de la vidente extrañándose de que era la única vez que no había cola de clientes, así que fue la primera ese día.
Entro en la habitación de aquella mujer y el olor a incienso, el humo de las velas y la oscuridad de la habitación la adormecieron entrando en una especie de tránsito.
-Puedo pasar.
-Pasa.
- Siéntate y cuéntame lo que creas que debo saber.
María se sentó y fue directa al grano, le dijo que llevaba meses sin soñar pero que en la oscuridad de su habitación veía sombras y escuchaba voces.
La vidente aparto todo lo que tenía en la mesa, y sacando unas cartas comenzó a barajarlas y haciendo cuatro montones sacó una carta de cada uno, paradojas de la vida de cada montón saco el as mientras la joven miraba asombrada, pensándose que cada as era un golpe de suerte que tendría en adelante.
La vidente extendió las cartas con habilidad y nuevamente aparecieron todos los ases, algo falla, la vidente adoptó una expresión enigmática, apartó el velo que caía sobre sus ojos, miró al vacío, dio espacio a un silencio largo y espeso y finalmente le dijo:
- Creo que deberías de irte, pero a tu casa no, deberías de pasar una temporada con tus padres o algún amigos, en tu casa algo va mal, no fluye ningún tipo de energía y veo que las sombras son dañinas, te acosan y agobian en cada momento.
- Ahora debes de irte rápidamente de aquí y no volver jamás no tienes ni tan siquiera aureola. 

-Haré una excepción y no voy a cobrarte la visita.
María salió de casa de la vidente y en la calle murmuró.
- Valla mierda de vidente, no vuelvas a tu casa, donde querrá que me vaya.
Rápidamente la vidente cerró la puerta, las ventanas y encendió unas velas aromáticas puesto que la habitación se había aromatizado con un fuerte olor a muerto.
María al llegar a su casa, sintió jaleo en la calle abrió la ventana y asomándose se precipito al vacío quedando inerte entre el pavimento el gentío y el claxon de los coches.
Lamentable pero fue cierto.

miércoles, 25 de abril de 2018

Un cacho de pan.




El médico me redujo la ración del pan. 
Los que endurecimos las encías, y probamos la fortaleza de nuestros dientes de leche mordiendo cortezas de pan; y caminamos detrás de nuestra madre, a la salida de la panadería, pidiendo un pellizquito y otro del pan que ella había comprado.
Los que saciamos nuestra hambre con un cacho pan o una rebanada, a veces espolvoreada de azúcar o con un chorreón de aceite y una onza de chocolate y algunas veces un chorreón de leche condesada.
Los que aprendimos a venerar el pan, recogiendo el trozo que se nos caía al suelo, soplándolo y besándolo como algo sagrado, pan bendito decíamos, antes de llevarlo a la boca. Y amontonábamos las migas que iban cayendo en nuestro regazo, mientras lo mordíamos, y las recogíamos en el cuenco de la mano y las estampábamos sobre nuestra boca abierta.
Los que a veces hemos matado el hambre de esta manera... no dejamos de mirar el pan con gratitud y de considerarlo el más noble de los alimentos.

domingo, 15 de abril de 2018

Las Capillas de la Catedral de Jaén



La 9ª Capilla de nuestra Catedral es la Capilla Mayor o del Santo Rostro.
Tiene un gran arco de medio punto, en el que aparece esculpido un antiguo escudo de armas de España, debido que la Iglesia fue consagrada por la conquista del Rey San Fernando, según unos y porque en ella están enterrados los infantes de Castilla D. Pedro y D. Juan, muertos por los moros.
La bóveda es de medio cañón, bellamente decorado.
El retablo costa de tres cuerpos. El primero es dórico, encontrándose en él las estatuas de San Pedro, San Pablo, San Bernardo y San Antonio Abab y dos cuadros de la pasión.
El segundo cuerpo, es de orden jónico y en el intercolumnio central existe una escultura de la Virgen de la Asunción, habiendo en los colaterales dos magníficos cuadros; El Descendimiento de la Cruz, copia de Daniel de Voltera y otro del Señor atado a la columna original de Juan de Navarrete <<El Mudo>>.
El tercer cuerpo es de orden corintio, formado por 4 columnas. Hay un grupo escultórico de Cristo en la Cruz, a pie de la Magdalena; en los intercolumnios laterales, se ven la Virgen y San Juan y en los extremos estatuas alegóricas de la Fe, Esperanza, Caridad y Religión, coronándose todo con un frontón triangular que tiene en el centro el Padre Eterno.
En los laterales de la Capilla, hay dos grandes cuadros, representando La Asunción, de influencia italiana y la Visitación, de escuela Sevillana.
En el lateral derecho de esta capilla, hay una cajonera, donde está el cuerpo del Obispo Don Alonso Suarez de la Fuente, que levanto de cimiento esta capilla e hizo a su cargo la coronación y sillería del coro.

lunes, 12 de marzo de 2018

Mi profesor Don Vicente


Las palabras no son capaz de describir tantos sentimientos guardados, a lo sumo un esbozo desdibujado de un instante vivido, colores, olores, imágenes de un pasado muy, muy lejano.
Dicen que el recuerdo es el cimiento de nuestras actuales vidas, quizá sea cierto, cada día que pasa, aquellas imágenes vuelven a mi vida llenas de añoranza de una niñez y una juventud perdida en el transcurso del tiempo, ese tiempo que implacable, inexorable avanza sin que nada pueda detenerlo.
Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive el recuerdo de un maestro. El que nos enseñó a leer en la cartilla formando palabras con las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’. El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza y despertó nuestra fantasía con sus relatos.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores que a diario nos hacían cantar el cara al sol y prietas las filas. El maestro escribía cada día en la pizarra fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Y siempre con un mismo lema, una, grande y libre.
Siendo Don Manuel el sustituto de Don Andes como director del colegio llego Don Vicente como profesor o maestro como nosotros los niños de antaño lo llamábamos
Con Don Vicente pasé quizás mi mejor año escolar fue el primer año que pise la segunda planta de esta escuela en una aula o clase amplia y clara, llena de la alegría que le regalaban a raudales los grandes ventanales. A ellas daba la fila de pupitres entre los que se encontraba los que yo ocupé, muy cercanos siempre a la mesa del maestro donde los rayos del sol penetraban y aprendí a leer el horario solar según la posición de los rayos, aprendí el tiempo de clase transcurrido, lo que faltaba para el recreo y las salidas; y la profundidad de los rayos del sol fueron enseñándome el ritmo de las estaciones con mágicas marcas amarillas, con sus distancias mudables, en el suelo.
De lo que aprendí ese curso ya no me acuerdo, pero si puedo asegurar que anterior mente no había aprendido nada de nada de nada. Con la llegada de Don Vicente todo cambio en mi aprendizaje, quizás sus métodos más suaves y su infinita paciencia que me permitió nuevos aprendizajes. Sé cuánto me podía la curiosidad por lo que guardaba la enciclopedia; sobre todo sus historias y dibujos, la música de los versos y las moralejas de las fábulas. Mi fantasía me traía y me llevaba entre las páginas de los libros que encontré en aquella clase de Don Vicente, ganándome ya siempre para la lectura. Muchas enseñanzas que encontré en ellos, los rótulos de algunas lecciones y las estampas que las ilustraban me han visitado a menudo coloreadas de melancolía. Las tareas escolares de entonces las tomé más como desafío que como obligación. El deber y el esfuerzo que me exigían me estimulaban del mismo modo que las reglas, a veces tan estrictas, de los juegos infantiles que llenaban mis horas de asueto. Detrás de las dificultades que vencía y de los retos que superaba la confianza en mí mismo. Junto a estas sensaciones, de la película del que fue mi último año en la escuela, perviven nítidas otras escenas que me hacen añorar una época irrepetible, al finalizar el curso Don Vicente murió dejando huérfana a toda una clase que logro enderezar con un simple buenos días niños