Ecos del Santo Reino se crea con la única intención de darme a conocer, solo pretendo poner una pincelada más al patrimonio literario de mi querida tierra Jienense.
Las imágenes que uso en este blog son tomadas de Google, en caso de que alguien se sienta invadido por favor hágamelo saber que serán retiradas de inmediato.




domingo, 29 de julio de 2018






María era una joven que acudía frecuentemente a una vidente muy conocida y famosa por sus aciertos adivinando el pasado el presente y el futuro.
Aquel día llegó a la consulta de la vidente extrañándose de que era la única vez que no había cola de clientes, así que fue la primera ese día.
Entro en la habitación de aquella mujer y el olor a incienso, el humo de las velas y la oscuridad de la habitación la adormecieron entrando en una especie de tránsito.
-Puedo pasar.
-Pasa.
- Siéntate y cuéntame lo que creas que debo saber.
María se sentó y fue directa al grano, le dijo que llevaba meses sin soñar pero que en la oscuridad de su habitación veía sombras y escuchaba voces.
La vidente aparto todo lo que tenía en la mesa, y sacando unas cartas comenzó a barajarlas y haciendo cuatro montones sacó una carta de cada uno, paradojas de la vida de cada montón saco el as mientras la joven miraba asombrada, pensándose que cada as era un golpe de suerte que tendría en adelante.
La vidente extendió las cartas con habilidad y nuevamente aparecieron todos los ases, algo falla, la vidente adoptó una expresión enigmática, apartó el velo que caía sobre sus ojos, miró al vacío, dio espacio a un silencio largo y espeso y finalmente le dijo:
- Creo que deberías de irte, pero a tu casa no, deberías de pasar una temporada con tus padres o algún amigos, en tu casa algo va mal, no fluye ningún tipo de energía y veo que las sombras son dañinas, te acosan y agobian en cada momento.
- Ahora debes de irte rápidamente de aquí y no volver jamás no tienes ni tan siquiera aureola. 

-Haré una excepción y no voy a cobrarte la visita.
María salió de casa de la vidente y en la calle murmuró.
- Valla mierda de vidente, no vuelvas a tu casa, donde querrá que me vaya.
Rápidamente la vidente cerró la puerta, las ventanas y encendió unas velas aromáticas puesto que la habitación se había aromatizado con un fuerte olor a muerto.
María al llegar a su casa, sintió jaleo en la calle abrió la ventana y asomándose se precipito al vacío quedando inerte entre el pavimento el gentío y el claxon de los coches.
Lamentable pero fue cierto.

miércoles, 25 de abril de 2018

Un cacho de pan.




El médico me redujo la ración del pan. 
Los que endurecimos las encías, y probamos la fortaleza de nuestros dientes de leche mordiendo cortezas de pan; y caminamos detrás de nuestra madre, a la salida de la panadería, pidiendo un pellizquito y otro del pan que ella había comprado.
Los que saciamos nuestra hambre con un cacho pan o una rebanada, a veces espolvoreada de azúcar o con un chorreón de aceite y una onza de chocolate y algunas veces un chorreón de leche condesada.
Los que aprendimos a venerar el pan, recogiendo el trozo que se nos caía al suelo, soplándolo y besándolo como algo sagrado, pan bendito decíamos, antes de llevarlo a la boca. Y amontonábamos las migas que iban cayendo en nuestro regazo, mientras lo mordíamos, y las recogíamos en el cuenco de la mano y las estampábamos sobre nuestra boca abierta.
Los que a veces hemos matado el hambre de esta manera... no dejamos de mirar el pan con gratitud y de considerarlo el más noble de los alimentos.

domingo, 15 de abril de 2018

Las Capillas de la Catedral de Jaén



La 9ª Capilla de nuestra Catedral es la Capilla Mayor o del Santo Rostro.
Tiene un gran arco de medio punto, en el que aparece esculpido un antiguo escudo de armas de España, debido que la Iglesia fue consagrada por la conquista del Rey San Fernando, según unos y porque en ella están enterrados los infantes de Castilla D. Pedro y D. Juan, muertos por los moros.
La bóveda es de medio cañón, bellamente decorado.
El retablo costa de tres cuerpos. El primero es dórico, encontrándose en él las estatuas de San Pedro, San Pablo, San Bernardo y San Antonio Abab y dos cuadros de la pasión.
El segundo cuerpo, es de orden jónico y en el intercolumnio central existe una escultura de la Virgen de la Asunción, habiendo en los colaterales dos magníficos cuadros; El Descendimiento de la Cruz, copia de Daniel de Voltera y otro del Señor atado a la columna original de Juan de Navarrete <<El Mudo>>.
El tercer cuerpo es de orden corintio, formado por 4 columnas. Hay un grupo escultórico de Cristo en la Cruz, a pie de la Magdalena; en los intercolumnios laterales, se ven la Virgen y San Juan y en los extremos estatuas alegóricas de la Fe, Esperanza, Caridad y Religión, coronándose todo con un frontón triangular que tiene en el centro el Padre Eterno.
En los laterales de la Capilla, hay dos grandes cuadros, representando La Asunción, de influencia italiana y la Visitación, de escuela Sevillana.
En el lateral derecho de esta capilla, hay una cajonera, donde está el cuerpo del Obispo Don Alonso Suarez de la Fuente, que levanto de cimiento esta capilla e hizo a su cargo la coronación y sillería del coro.

lunes, 12 de marzo de 2018

Mi profesor Don Vicente


Las palabras no son capaz de describir tantos sentimientos guardados, a lo sumo un esbozo desdibujado de un instante vivido, colores, olores, imágenes de un pasado muy, muy lejano.
Dicen que el recuerdo es el cimiento de nuestras actuales vidas, quizá sea cierto, cada día que pasa, aquellas imágenes vuelven a mi vida llenas de añoranza de una niñez y una juventud perdida en el transcurso del tiempo, ese tiempo que implacable, inexorable avanza sin que nada pueda detenerlo.
Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive el recuerdo de un maestro. El que nos enseñó a leer en la cartilla formando palabras con las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’. El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza y despertó nuestra fantasía con sus relatos.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores que a diario nos hacían cantar el cara al sol y prietas las filas. El maestro escribía cada día en la pizarra fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Y siempre con un mismo lema, una, grande y libre.
Siendo Don Manuel el sustituto de Don Andes como director del colegio llego Don Vicente como profesor o maestro como nosotros los niños de antaño lo llamábamos
Con Don Vicente pasé quizás mi mejor año escolar fue el primer año que pise la segunda planta de esta escuela en una aula o clase amplia y clara, llena de la alegría que le regalaban a raudales los grandes ventanales. A ellas daba la fila de pupitres entre los que se encontraba los que yo ocupé, muy cercanos siempre a la mesa del maestro donde los rayos del sol penetraban y aprendí a leer el horario solar según la posición de los rayos, aprendí el tiempo de clase transcurrido, lo que faltaba para el recreo y las salidas; y la profundidad de los rayos del sol fueron enseñándome el ritmo de las estaciones con mágicas marcas amarillas, con sus distancias mudables, en el suelo.
De lo que aprendí ese curso ya no me acuerdo, pero si puedo asegurar que anterior mente no había aprendido nada de nada de nada. Con la llegada de Don Vicente todo cambio en mi aprendizaje, quizás sus métodos más suaves y su infinita paciencia que me permitió nuevos aprendizajes. Sé cuánto me podía la curiosidad por lo que guardaba la enciclopedia; sobre todo sus historias y dibujos, la música de los versos y las moralejas de las fábulas. Mi fantasía me traía y me llevaba entre las páginas de los libros que encontré en aquella clase de Don Vicente, ganándome ya siempre para la lectura. Muchas enseñanzas que encontré en ellos, los rótulos de algunas lecciones y las estampas que las ilustraban me han visitado a menudo coloreadas de melancolía. Las tareas escolares de entonces las tomé más como desafío que como obligación. El deber y el esfuerzo que me exigían me estimulaban del mismo modo que las reglas, a veces tan estrictas, de los juegos infantiles que llenaban mis horas de asueto. Detrás de las dificultades que vencía y de los retos que superaba la confianza en mí mismo. Junto a estas sensaciones, de la película del que fue mi último año en la escuela, perviven nítidas otras escenas que me hacen añorar una época irrepetible, al finalizar el curso Don Vicente murió dejando huérfana a toda una clase que logro enderezar con un simple buenos días niños

viernes, 9 de marzo de 2018

El zocato



Menudo problema el de ser zurdo en aquellos años de los sesenta.
Soy zurdo de pie y de mano. Y en el colegio siempre tuve problemas con este “defecto o virtud” que según Don Manuel “el loco” uno de los profesores que tuve me dijo que yo tenía “dislexia” menuda mañana de risa pasaron todos mis compañero que eran tanto o más ignorantes que yo, nadie entendió la palabra y todos se reían como si supiesen el significado, cuando llegué a casa se lo comenté a mi madre, “mamá Don Manuel el maestro me dijo esta mañana que tengo “dislexia” en la mano izquierda”, supongo que mi madre desconocedora del significado de aquella palabra me dijo,” el sí que tiene “dislexia” en los “guevos”“y yo ni corto ni perezoso por la tarde se lo solté a Don Manuel todavía con las manos enrojecidas después de haberme dado una buena tanda de palmetazos en las manos por no haber acertado todos los resultados de la tabla de multiplicar, recuerdo que se fue para el pupitre donde estaba yo sentado y sentí como mi cuerpo se despegaba de la silla estirado de una de mis rapadas patillas, cortadas por encima de las orejas. Silencio. La clase se vistió en un grito mudo, en caras de susto y las primeras risas maliciosas de los compañeros insensibles al dolor ajeno, cuando mi cara fue cruzada de izquierdas a derechas o como decía Don Manuel, de diestra a siniestra, “te tengo dicho que no se escribe con la izquierda niño de mierda.” Después de las palabras, otra vez el silencio, y la mano volvió a cruzar mi cara de derecha a izquierda.
En aquel preciso momento se quitó la correa y pensé la de palos que me daría, me cogió con fuerza la mano izquierda y me la amarro a las espaldas con la correa poniéndome de rodillas , “ahora verás como aprendes a escribir con la derecha”, después de su gesta Don Manuel se salió al pasillo y comenzó a cantar versos en Latín, en todo el colegio se le conocía incluso por los profesores, como Don Manuel Segura “el loco”, este castigo de amarrarme la mano y permanece de rodillas duró todo lo que quedaba de curso, aprobado y bien visto por el director y los demás profesores que al verme con la mano atada miraron para otro sitio, en aquellos momento recordé que en mi casa, siempre con otra amabilidad de vez en cuando, oía: “Miguel no se come con la mano izquierda. Haz el favor de coger la cuchara con la derecha”. Aquel profesor se ganó mi respeto y el de toda la clase transformada en pánico con la ayuda de una gran regla de madera, que según él decía que esa regla nos haría hombres de provecho mientras canturreaba en Latín mirando las fotos de Franco y José Antonio, y el crucifijo que reinaban por encima de la pizarra de la clase, Don Manuel consiguió que fuese y soy una persona ambidiestra. Nunca más durante mi vida tuve problemas por ser zurdo.

lunes, 8 de enero de 2018

La pistola




Esto que a continuación cuento, no recuerdo si lo viví o lo soñé o hay una mezcla de ambas cosas.
De niño fui monaguillo, uno de esos pillines que abría la alacena para meter el hocico en la botella del vino, ¡madre mía qué lingotazos le pegábamos a la botella! En unos de los rincones de la parroquia, los monaguillos teníamos una caja de zapatos con una pareja de ratones blancos, muy usual en aquellos años, una tarde al llegar nos dimos cuenta que los ratones habían desaparecido, agujerearon la caja y desaparecieron. 
Mi Parroquia tenía un altar con un crucificado, un nazareno y una dolorosa, también tenía un Cristo preso y entre varios santos, una santa que le daba nombre a la Parroquia y al barrio. 
En aquellos años la Parroquia estaba algo diferente a hoy, tenía pulpito donde el cura se subía a dar las charlas o sermones, y la sacristía en otra ubicación diferente a la de hoy en día y todo estaba mucho más viejo a conforme está actualmente. 
En cierta ocasión el cura párroco andaba desesperado, en la Parroquia habían comenzado a deambular una serie de incómodos ratoncillos que aparecían en cualquier sitio o lugar en los momentos más inoportunos. El pobre no sabía qué hacer, había probado a poner pequeñas cantidades de raticida que compró en la droguería del barrio. Pero todos sus esfuerzos habían resultado inútiles. Los ratones surgían en cualquier momento y a cualquier hora.
Sentado en su mesa de la sacristía el cura se llevaba constante mente las manos a la cabeza 
-No sé qué hacer, me tienen los ratones muy cabreado.
Los fieles que acudían a la parroquia comenzaron a sufrir tantos sobresaltos encadenados que la asistencia descendió a niveles insospechados. Abatido y sin soluciones humanas, el cura decidió acudir al obispo para contarle la terrible desgracia que asolaba a su Parroquia. El obispo, con una sonrisa paternal, le sugirió que avisase al cualquier albañil del barrio ya que era un barrio obrero y tapase los agujeros de toda la Parroquia y sobre todo de la sacristía. Y el párroco marchó con la convicción de haber hallado la respuesta al problema. 
Pero al cabo de algunas semanas tuvo que volver a visitar al obispo el cual le dijo que la semana que viene pasará por la Parroquia para dar alguna solución más eficaz.
La visita del obispo no tardó en hacerse y aquella misma tarde el cura y los tres monaguillos estuvimos haciendo limpieza en la sacristía. 
De repente el cura me llamó y me dijo:
-Toma esta bolsa y escóndela mientras viene el obispo y que nadie la vea>> me dio una bolsa de tela con algo dentro yo creía que era un zapato.
Justamente por debajo de la parroquia había una casa derrumbada por donde corría un pequeño arroyo de agua y una cueva que daba al patio de un colegio. Allá al fondo de la cueva escondí la bolsa de tela, y cosa de niño, primero abrí la bolsa para mirar lo que escondía,
-Madre mía, una pistola de verdad .
Me senté en una piedra y la trastee durante un buen rato, le saque el cargador que por cierto estaba vacío, y dispare todo lo que pude, no recuerdo a que disparaba pero sí que recuerdo que decía: Muérete, muérete. 
Asustado levanté algunas piedras y escondí la bolsa debajo de ellas, después en vez de regresar a la parroquia me fui a mi casa.
A los pocos días estando en la escuela me llamaron a dirección y mi sorpresa fue que estaba el señor cura en el despacho del director:
-¿Que te pasó que no volviste a la parroquia?
-Es que me puse malo.
Era la excusa que antes se usaba para una justificación:
-Bueno, ¿dónde está eso?>> pregunto el cura.
-La tengo escondida en la cueva
Se levantó de un salto y dijo:
- ¿Qué hiciste? ¿Mirar lo que había dentro? 
-Sabes que tienes un pecado que nadie te quitará.
 En aquel momento me eché a llorar y cogiéndome de una oreja me dijo:
-Ahora mismo me vas a llevar a esa cueva y desgraciado de ti como no esté la bolsa allí.
A la cueva se entraba por uno de los patios del colegio, el ascenso era a través de un pequeño charco de agua y unas matas de juncos, nos pusimos los zapatos llenos de barro y Don….se puso los bajos de la sotana hechos una mierda, constantemente me insistía:
-Te la deberías de haber llevado a tu casa, mira como me estoy poniendo.
La verdad que ya no me acordaba exactamente en qué lugar de la cueva la escondí y aparte alguien había encendido una lumbre precisamente en el lugar que yo creía haber ocultado la bolsa, revolvimos todos y no encontremos nada, me cogió fuertemente del brazo y me dijo 
-Como no aparezca la bolsa tu padre ira a la cárcel.
En aquel momento pegué un estirón y salí corriendo, estuve algunos días haciendo la rabona en el colegio y dándole de lado al cura cuando lo veía.
Poco a poco aquello se olvidó la cueva, la derrumbaron para hacer una casa y una calle nueva, quedando una historia oculta. Luego me enteré que esa cueva había sido un horno árabe o romano.

lunes, 1 de enero de 2018

Recordando a Pablo III




¡Cuánto echo de menos al amigo  Pablo!, parece que lo estoy viendo con su caminar, con su paso firme.  Nunca le sobraban las palabras. Era un hombre introvertido, agarrado a sus pensamientos, absorto en los recuerdos que le habían ido dejando una vida larga y llena de dificultades.
Recuerdo que un sábado por la tarde  bajé a la residencia y lo encontré en los jardines sentado, todo emocionado escuchando una corrida de toros por el transistor. Lo acompañaban sus recuerdos y el humo del tabaco. El cigarrillo formaba parte de su personalidad como un trozo de su cuerpo, estaba tan hecho a él que tenía un surco entre los dedos y una mueca en los labios. Fumó desde que era un niño,  sin tregua, con esa clase de eternos fumadores que tenían los hombres de antaño y como tal nunca se miró a un espejo: 
-Pablo, ¿qué haces?
-Aquí, toreando.
-Toreando.
-Si toreando, yo es que toreo con la vista.
-¿Sabes Miguelillo, que el tío Pablete, mi padrino, era torerillo? Se dedicaba a ir por los pueblos dando novilladas, mi madre decía que era el más  rebelde, el más rojillo de  la familia.  aun andará en alguna cuneta enterrado, él quiso continuar la guerra con la guerrilla. No sé si por amor de hermana, pero mi madre siempre nos dijo que  era el más guapo de todos mis tíos.
-Su buen porte de joven le valió en Jaén el apodo del "Chulapo" porque después de torear en un pueblo de Madrid llegó a Jaén  vestido con un impecable traje de chaqueta y un envidiable aspecto. ¡Menudo era mi tío!, tenía alteradas a todas las mozas. 
-¿Entonces no supisteis nada más de él?
-Que vaaaa, mi madre preguntó, y le comentaron que lo pillaron y lo fusilaron.
-¡Madre mía, que dura fue  la guerra!
-Escucha lo que te voy a decir Miguelillo, teniendo yo unos diez o doce años estábamos al comienzo de la  guerra y mi padre, a pesar de sus ideas, decidió no ir a luchar por voluntad propia pero al mismo tiempo fue obligado a luchar con el bando republicano.
-Contaba mi padre que el día a día era muy duro, que la gente vivía con miedo, con inseguridad, que parecían nómadas, que se escondían en las cuevas del castillo y eso no era vivir. Los campos no daban cosechas y la poca que había se la llevaban los soldados, una vez los nacionales y otras los republicanos y él se veía obligado a robar en las huertas colindantes.  
-Ese año por Navidad  fuimos a ver al “duende” el que estaba escondido en el sótano de la Eufrasia  y me dijo que él conoció a Franco,  decía que tampoco era tan malo como lo pintaban, que tenía sus propias ideas, que era de mente cerrada, cazurro y muy de lo suyo, también decía que fue muy cabrón al  bombardear Jaén, aquel día decidió  desertar.
­-Aquella noche del 24 de  Diciembre fue demasiado  larga y fría, casi toda la familia cenemos  en casa de la tía Eufrasia.  Tu padre y yo, que éramos los más pequeños,  nos fuimos a la cama , después de la cena. A pesar de estar en guerra y haber tanta hambre, no sé de dónde sacaron un “choto”, tus abuelos lo cocinaron en el cortijo, para que no oliese y los vecinos no le diesen a la lengua. 
-Después de la cena, los hombres decidieron salir a tomar unas copas por la Magdalena y el “duende” se empeñó  en irse con ellos: con mi padre, tu abuelo, tu tío Juan de Dios y el tío Pedro, hermano de tu abuelo.  
-La verdad que no se a la hora que vinieron los hombres, pero me despertaron unos lamentos y un quejido, que nunca se me olvidará, di un salto de la cama y tu padre ya estaba mirando por la ventana.
-¿Que pasa Ramón?  shhhh, calla, calla, habla despacio. 
-En aquellos momentos  vimos una silueta que  arrastraba los pies, como si  llevaran una losa encima, no podían con su alma, aquella silueta  cayó al suelo en la mismísima puerta de la casa y pidiendo auxilio. Y en voz baja pedían que le ayudaran.
-En la sala baja de la casa se murmuraba que era el “duende” el que pedía auxilio pero todos tenían miedo por si acaso era una trampa y acababan todos en la cárcel.
-Miguelillo, en aquella casa, todos eran comunistas, hasta las mujeres que tenían un par de cojones, ya que  dos de tus tías estaban en la guerra.  Eran tan angustiosos los quejidos que se oían, que pudieron más que las consecuencias que pudiera tener, apagaron la luz y muy despacio fueron abriendo la puerta de la calle y como a un metro de distancia, delante de la casa, había un hombre tirado en el suelo. Tu abuelo que era un borrico lo cogió  de un puñado, se lo echó al hombro y lo entró en la casa. Tenía la cara y el cuerpo desfigurado, machacado por los golpes, estaba sangrando mucho. Como pudieron lo bajaron al sótano donde él tenía su escondite y lo tumbaron en su cama, tu abuela en aquel momento murmuró:
-Sacad a los chiquillos de aquí, que no vean estas cosas.  
 -¡déjalos –dijo mi padre- y que vallan sabiendo lo que es la vida!  
 - Cuando le quitaron la camisa parecía un santo cristo, tenía todo el cuerpo morado por los golpes que le habían  propinado con tanta saña. El tío Pedro murmuró:
- Esto es cosa del tendero, esto es cosa del tendero, me cago en “tos” sus calostros.
-Nosotros nos arrinconemos y los demás murmuraban de venganzas y no sé de qué cosas más, entre todos lo lavaron y curaron y le preguntaban que quien había sido. Él entre lenguas le decía que no sabía quién eran, ni qué le había pasado, no  se acordaba de nada, solo repetía y volvía a repetir que había estado en la calle Cruz Verde y que mañana vendrán a por todos vosotros. 
-Aquella noche de navidad fue demasiado agitada, tu abuelo se volvió a echar al duende al hombro y en la oscuridad de la noche  todos los de la casa nos fuimos calle abajo hasta llegar al Arrabalejo donde vivía un familiar de tu abuela Josefa, imagínate aquel familiar era guardia de asalto y según tu abuelo tenia porque callar. 
-Aquella familia solo murmuraba en el lio que lo estábamos metiendo.    
-Rápidamente lo acostaron y lo dejaron descansar, al otro día cuando despertó, estaba muy desorientado, no sabía dónde estaba, al intentar levantarse, se mareó y cayó, poco a poco fue tomando conciencia de lo que le había pasado y la abuela le dijo dónde estaba, y lo grave del suceso.
-Le volvió a curar las heridas, le dio un poco de sopa caliente para que recuperase las fuerzas  ya que estaba muy débil, cuando  se había recuperado un  poco, comenzó a relatar lo sucedido, pero todo lo suyo era que quería abandonar el país, que nuestras vidas  corría peligro si él estaba entre nosotros.
-Date cuenta Miguelillo, el “duende” era prófugo de los Nacionales y lo buscaban como aguja en un pajar.
-En aquella casa estuvimos unos días escondidos, aquella familia vivían sin preocupaciones y todo lo suyo era murmurar, en el lio que los habíamos metido.
-Al cabo de unos días apareció tu abuelo con una bestia lo cargó y lo bajaron al cortijo.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Pesares.




Quiero tener su amor
entre cortijos y olivares,
entre parras y arenales
entre jilgueros y matorrales.

Abrázame “Candela”
que vengo harto de vino,
y tropecé por el camino
con la rubia de la callejuela.

Y me quiso dar su amor,
como me lo dio de mozuela,
y con un fandango le conté
que para amor ya tengo a “Candela”

No me llores por favor
no agraves mis pesares,
que soy preso de los olivares
y mañana seré de los trigales.

Quiero tener su amor
aunque me cueste los pesares,
de verla hecha una flor
cogiendo el fruto de los olivares.

martes, 5 de diciembre de 2017

Llorando está el niño






























Lava que lava la Virgen,
la Virgen lavando está,
que lavará la Virgen,
Que el arroyo blanco va.

El agua la va salpicando
y el Niño llorando está,
lava que lava la Virgen
entre aguas de cristal.

Llora que llora el Niño
y la Virgen lavando esta,
quien callará a ése niño
flor del más puro rosal.

Lava que lava la Virgen
entre el molino y el portal,
los peces bajan saltando
queriendo su cara tocar.

Llora que llora el Niño
entre las tablas del portal,
quien callará ese llanto
mientras la Virgen lavando está.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

A María Santísima





















Madre si por ti sólo suspirara,
de consuelo mi alma rebosaría,
y mil veces dichoso yo seria,
pues sólo a ti, Princesa mía, amara.

Entonces, Madre, ¡cuánto te agradara!
mi corazón por ti palpitaría
y entonces… ¡qué consuelo! ¡qué alegría!
que mi pensamiento en ti se ocuparía.

Tú, Virgen Pura, a mi alma enamoras.
Tú eres mi amor, mi dulce anhelo,
Tú conduces mi alma al cielo…

Sí, al cielo, donde tú siempre moras,
¡Oh dulce Madre de Misericordia!
¡Refugio de paz, Puerta de Gloria!

La primera Comunión

























Ya no saben lo que inventar, ahora está de moda la comunión civil.
El nuevo método de sacar dinero tontamente, ahora han decidido inventar la comunión civil porque la religión católica a mucha gente le importa una soberana mierda,
Parece ser que ahora lo nuevo es disfrazar al niño o niña, echarle unas fotos ridículas y que acepte como su salvador a algo o alguien que a ese chaval no le importa lo más mínimo una comunión en la que no se sabe muy bien con qué se comulga, a que se acepta y en definitiva, para qué sirve más allá de ser una excusa para juntarse en un restaurante y ponerse hasta el culo de chuletone

domingo, 5 de noviembre de 2017

Al pie de la cruz




Sus ojos son manantiales
que brillan a contraluz,
reflejando en la misma cruz,
los lamento de sus dolores.

Su cara es la humildad,
la trasparencia del dolor,
que muere dando amor
al pie de tanta bondad.

Transida la mira el lucero
cobijando tanta pureza,
que agoniza en la tristeza,
de los clavos y la pobreza.

Y llorando Ella suspira,
entre lágrimas navegando,
y el corazón palpitando
en excelsa ternura.

Su cara es el claro reflejo,
de sus labios suplicantes,
y esos ojos reflejantes
de una humildad desbordante.

Y con Ella, llora en silencio,
el barrio que la cobija,
bajo una luna hoy callada,
que se siente como Ella, desdichada.

Miguel de la Torre Padilla.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Día de Todos Los Santos

  1. Ayer estuve en el cementerio, por desgracia no hay un puñetero asiento, para sentarse y reflexionar entre los que se fueron y no volverán.
    Entre el deambular de la gente, el ajetreo de escaleras y puestos de flores, me paré a pesar, llegando a la conclusión de que la puñetera tumba nos está esperando a todos, absolutamente a todos, a los que tienen miedo a la muerte y a los que no le tenemos miedo, allí quedaremos, helados y fríos, y en la triste lapida pondrán nuestro no...mbre, y un epitafio recordará el año en que nacimos y en el que partimos, que duro es pensarlo, y más sabiendo que quedaremos despellejados y consumidos; que no quedará ni la más mínima mortaja mucho menos el pelo, quizá los dientes; allí quedará todo lo malo que hicimos en vida y aún las cosas buenas; pero por lo menos estas prevalecerán en nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.
    ¡Qué triste es vida, que injusto es luchar por algo y cuando lo tienes y crees que vivirás eternamente te mueres, dejando todo un camino de sufrimiento, padecimiento y sacrificio!
    En los cementerios nos juntamos todos: pobres y ricos, de diversas culturas y partidos políticos, nos unimos diferentes razas; profesionales y jornaleros; aquí no hay distinciones de clase social, de colores políticos, de religión, de sexo; aquí es por partes iguales aunque nos pongan las mejores flores, las mejores estatuas o las mejores placas o cruces; aquí no hay diferencia porque muertos no sentimos nada, no recordamos nada por eso debemos pensar en tener una vida mejor y gozar de una verdadera convivencia con nuestros hermanos los humanos. Dios nos guarde a todo.

lunes, 30 de octubre de 2017

Recordando a Pablo.




Hace un par de años en la tarde noche de Todos los Santos, bajamos a la residencia para hacer una visita a Pablo.
En un momento de aquella visita, una de las señoritas encargadas de cuidar a los ancianos propuso que siendo la Noche de Todos los Santos, que si alguien quería contar una historia de miedo que podía hacerlo, ya que a todos nos encantaría. Pablo levantó la mano y la señorita le replicó: - ¿Usted quiere contar alguna?; Pablo le dijo que sí pero que era una historia real, la señorita le contestó: - Pues mucho mejor, esas son las más interesantes, adelante Pablo no tenga miedo. Pablo le contestó: Yo miedo no tengo, miedo tenía mi abuela el día que me la contó.
Pablo comenzó diciendo que siendo su abuela joven un hombre llego el cortijo pidiendo auxilio pasada la media noche, una noche de lluvia y viento, una noche sin luna, donde los arboles agitaban sus ramajes como queriendo atraparte, aquel hombre llego a la puerta dando golpes de desesperación, el padre de mi abuela cogió el candil quito la retranca y abrió la puerta, en aquel momento un hombre alto y recio se derrumbó a sus pies pidiendo clemencia.
Pablo siguió contando que el padre de su abuela lo invito a pasar dentro de la casa donde lo atendieron y limpiaron las heridas que traía en el rostro y cuello. El hombre les conto que era un escribiente llegado de Madrid y andaba buscando a una familia para darle unos papeles referentes a una herencia, el hombre les conto que estaba acostumbrado a pasar las noches a la intemperie y casi siempre cabalgo en solitario por los campos de toda España y nunca el frio ni el calor lo había detenido, aunque esa noche era diferente, el frío, la lluvia y el viento de aquellos parajes de “Barranco Hondo” le hacían temblar las piernas sobre su cabalgadura, al punto que comenzó a buscar un refugio donde pasar la noche y rogaba al cielo que le diera una señal, algo que lo guiara dado que la llovizna amenazaba con transformarse en un diluvio perfecto y en ese momento se sintió un poco desorientado. Por su mente pasaban imágenes sombrías, el tiempo por momentos parecía detenerse, y en un esfuerzo por mantener su cordura, toda su atención se dirigía al camino. Pensaba muy bien cada paso, sin detenerse fijó un rumbo y de manera decidida dirigía su montura hacia un punto donde su instinto de supervivencia lo dirigía.
Aquel hombre buscaba un cortijo en concreto en el paraje de “Barranco Hondo”, cuando creyó oír un llanto lejano, un llanto sobrenatural, que le hizo crispar los pelos de la nuca, era un llanto desgarrador de un niño que se escuchaba a lo lejos. Su caballo al parecer recibiendo el nerviosismo involuntario de aquel hombre, emitió un relincho largo y agudo y por un momento que pareció eterno, se escuchó de fondo un trueno ronco y grave que pareció estremecer la tierra a varios kilómetros a la redonda,.
El hombre acostumbrado a la soledad y las inclemencias del clima se repuso de su temor instintivo, ese temor que más que miedo era una señal que despertaba todo su instinto de supervivencia y que más de una vez le había salvado la vida, como aquél día que de un sobresalto había logrado esquivar el asalto de un lobo hambriento, que se había acercado mientras dormía la siesta al calor abrazador de un verano seco e implacable, en los campos de Castilla.
Volviendo a nuestro relato, una vez repuesto de esa sensación fría y recelosa, encamino su caballo hacia el lugar que había escuchado el llanto y vislumbro a unos cientos de metros una casa en ruinas. Mientras se acercaba por momentos creía escuchar ese llanto que hace instantes había creído oír, y otras veces solo se escuchaba el sonido sordo de la llovizna interrumpida solo por las ráfagas constantes del viento helado que castigaba toda aquella zona.
A medida que se acercaba podía ver en más detalle esa casa en ruinas. Decir casa era demasiado, era un cortijo casi deshecho, desvencijado sin puertas y con un techo de adobe caído hecho jirones, se podría haber adivinado que algo había sucedido en ese cortijo, tenía vestigios de haber sido presa de algún incendio sofocado casi a tiempo, pero que había dejado marcas en las paredes, el fuego no había alcanzado a consumir la totalidad de la precaria vivienda, pero le había dejado grandes rastros de su paso, una negrura permanente en las paredes casi deshechas.
Estando a unos pocos metros de la casa, el viento repentinamente se detuvo, dejando el sonido una vez más, sordo de la llovizna que caía plácidamente.
Con el silencio ya arraigado, se pudo escuchar el llanto en cuestión, ¡Sí! Era real, era un llanto de un niño pequeño. El hombre ya estaba convencido que no lo había imaginado, se acercó casi al galope, descendió de su montura y se adentró en ese cortijo en ruinas.
Cuando atravesó lo que habría sido una puerta el llanto paró, tuvo que detenerse para intentar descifrar de donde había venido. Fue entonces que grito:
¿Hay alguien ahí? – y nuevamente – ¿Quién vive en esta casa? -.
Pero el silenció reinó durante varios segundos infinitos.
Comenzó a moverse por entre los escombros, no podía pensar en otra cosa más que ese lugar no era un lugar para pasar la noche, tampoco era un lugar adecuado para estar con un niño. Las paredes parecían sostenerse solo por una fuerza débil invisible que de alguna manera hacía que el cortijo no se derrumbara con el movimiento del viento que hasta hace instantes parecía furioso y helado, decidió explorar y comenzó a moverse para buscar en las otras habitaciones, cuando de repente escuchó muy vívido el llanto nuevamente, en una habitación contigua.
Corrió desenfrenado y lo encontró… en un rincón oscuro y protegido de alguna forma por un pedazo de techo aún intacto, una canasta con un niño bien envuelto.
Estaba solo, solo e indefenso en esa canasta bien ataviada, y bien cubierta, alguien debía estar ahí con ese niño! Quién sería el insensato que lo había dejado allí. Volvió a gritar esta vez con más fuerza: ¿Dónde estás? ¿Quién está con este niño? Lo repitió un par de veces con fuerza, pero nadie respondió.
Se apresuró a levantarlo de la canasta para cerciorarse que estuviera bien.
El niño de aproximadamente un año de edad tenía cabellos dorados y estaba con las mejillas rojas de tanto llorar, con los ojitos llenos de lágrimas y con carita de desesperación, pero en cuanto lo vio, cambio su llanto, esta vez un llanto lastimoso, como buscando un consuelo en el calor de otra persona.
Lo acunó contra su pecho, todavía conservaba el calor ese cuerpito que quién sabe desde qué hora estaba solo, había luchado bastante con su atavío porque su ropita estaba un poco desordenada, pero estaba bien.
El instinto paternal del hombre, que sabía lo que significaba el calor de un niño contra su pecho, pues era padre de 2 hijos, lo hizo abrazar con fuerza y ternura a esa pequeña criatura abandonada.
Comenzó a pensar que haría, que hacer en esa situación, el niño que había mutado su llanto ya casi no lloraba, y ahora lo miraba con curiosidad y jugaba con su bufanda.
Mientras lo tenía en brazos habló en voz alta: ¿Quién es tu padre o tu madre? ¿Que ser tan insensato te ha dejado abandonado en esta ruina? ¡Y con este frío! ¿Quién puede abandonar a su suerte a este niño tan pequeño?
No alcanzó a terminar la frase, cuando el niño en sus brazos mutando de una manera horrenda y diabólica le clavó las uñas en el rostro, con una voz maléfica le respondió: ¡¡¡Si soy pequeño, pero tengo estas garras para clavarte!!! Lanzando una risa diabólica que retumbó en las paredes marchitas de todo el cortijo, mientras hacía un intento frenético por continuar desgarrando la piel del cuello y la cara de aquel hombre, proponiéndole además un abrazo maldito con unos brazos deformes y retorcidos.
El hombre apoderado de un miedo atroz sacó fuerzas y logró desprenderse de aquel abrazo infernal que le proponía la pequeña bestia. Logró arrojarlo a unos metros de distancia y con el rabillo del ojo alcanzó a ver cómo el engendro mientras caía se transformaba en un bulto de harapos podridos y secos, mientras la risa diabólica aún se escuchaba retumbando en las paredes del lugar.
Corrió por su vida hacia su montura, su fiel montura que lo esperó paciente aunque asustado de los ruidos del lugar. De un salto ya estaba galopando bajo la lluvia y bajo el viento helado que volvió a arrasar con el lugar.
El hombre corrió y corrió hasta llegar a la puerta de mi bisabuelo donde a base de golpes llamo pidiendo auxilio.
En ese preciso momento la señorita interrumpió a Pablo diciéndole que se había echado la hora de la cena encima y que otro día seguiría contando su escalofriante historia.

La noche de todos Los Santos

  1. Recuerdo, que la mayoría de las veces acompañaba a mi abuela al cementerio de San Eufrasio, donde hoy está ella junto a mi abuelo Paco, me gustaba ir con ella de la mano, con el cubo y los trapos para limpiar la lápida de mi abuelo que estaba y sigue estando en la quinta plata del patio de San Juan, recuerdo que cierta vez que fuimos, nos pilló un chaparrón en el cementerio y nos refugiemos en la vivienda de la cuidadora, que era amiga de mi abuela, y entre charla y charla se... contó una historia de miedo, aquella historia había despertado en mí un cierto respeto a los espejos, y durante mucho tiempo los evitaba, temiendo que el Príncipe de las Tinieblas, empujado por mi vanidad, se dignara a hacerme una visita valiéndose del mismo medio, contaba aquella mujer de los peligros que encierran los espejos. En ella narraba como una niña, demasiado presumida, se pasaba las horas frente al espejo, pavoneándose y admirando su belleza como si de el mismo Narciso se tratase. Tanta era su obsesión por su belleza que finalmente se le apareció Satán reflejado en la luna del espejo. La pasión de la niña lo había atraído desde los infiernos para que le vendiese el alma, a cambio de la juventud y hermosura eterna.
    En estas fechas dignas de mención son la ambientación y las actividades propias de los días de Los Santos y Difuntos que se realizan ahora, y otras tradicionales que caracterizaron estos días en nuestro entorno, pues los fríos otoñales traen aparejados los rituales relacionados con los muertos y el más allá. Todo empieza a finales de octubre con la limpieza y arreglo de las tumbas en el cementerio. Al llegar el día primero de noviembre es de rigor acudir al camposanto a visitar las citadas tumbas. En el camino del cementerio se instalaban puestos de flores, y la gente iba y venía a lo largo de toda la jornada. Cuando anochecía, reunión familiar para tomar las típicas gachas, mientras las campanas de las iglesias doblaban con toques de difunto durante toda la noche.
    En aquellos años donde se juntaban, abuelos, tíos y primos al llegar la oscuridad nocturna, era costumbre revivir los recuerdos de fantasmas, duendes y aparecidos eran contados junto al brasero, iluminados sólo con la temblorosa luz de las mariposas, candiles y velas que ardían en memoria de los seres queridos que ya no estaban en este mundo.
    Entre estos relatos, siempre citaba mi abuela las visiones de antiguos fantasmas del castillo, apariciones y cuentos de viejos, todo un repertorio que gustaba, emocionaba y nos asustaba a los niños, sensibles criaturas que pasábamos varios días afectados por los cuentos de miedo, oscuros temores disipados poco a poco conforme pasaba el tiempo y se acercaba el alegre tiempo de la Navidad, que por cierto ya está a la vuelta de la esquina.

martes, 5 de septiembre de 2017

El accidente


La distancia entre su trabajo y su casa era escasamente unos cinco kilómetros que habitualmente los hacía con una vieja bicicleta que le regaló un amigo que retornó a sus Asturias querida, el asturiano y el andaluz son personas que añoran mucho su tierra.
A principios del año 1963, un conductor de origen yugoslavo giró bruscamente hacia la derecha llevándose por delante y dejando maltrecho a un ciclista oriundo de Jaén.
Los hechos acaecieron en Essen, una ciudad Alemana repleta de emigrantes de diferentes culturas procedentes de varios países europeos donde predominaban los españoles, turcos, y yugoslavos.
En aquellos tiempos la ciudad vivía del carbón, por lo cual su mayor fuente de ingreso era la minería, necesitando mucha mano de obra y allí se fue mi padre y un grupo grandísimo de jienenses y allí al tiempo se llevó mi padre a su familia. La ciudad de Essen estaba y está bañada por el caudaloso río Rin que al ser yo un niño lo comparaba con el mar.
Supongo que el golpe debió ser tremendo, por el estado en que quedó la bicicleta, la luna del coche y mi padre, que según contaba le chorreaba la sangre por la cara, se levantó del suelo, miró hacia atrás y vio el desastre, el conductor no hizo ni el gesto de bajarse.
Las manos le ardían, las rodillas le escocían como si le hubiese salpicado aceite hirviendo. En su garganta atenazado, había un grito que el conscientemente se había negado a liberar. Lo que más le dolió fue el estado de la vieja bicicleta, el único medio que tenia de ir al trabajo, su vida había sufrido un varapalo, se dio la vuelta, miró su bicicleta que hasta hace un rato estaba nueva, y descubrió el ocho en que quedó, el guardabarros fuera de la rueda, el manillar torcido, el sillín partido, la cadena fuera, el faro echo mistos y uno de los pedales perdido, se sacudió el polvo del que se había llenado toda su ropa descubrió los rotos en los pantalones, sangre en la palma de las manos y magulladuras que en el primer momento no había notado. Las lágrimas habían dejado en sus mejillas curtidas un sendero con un churrete que le llegaba hasta la barbilla, la sangre de sus manos había manchado su camiseta, mientras él pensaba que estaba herido gravemente y su familia no sabía nada. Contaba mi padre que el yugoslavo se bajó muy lentamente del coche, ni tan siquiera lo miró ni preguntó, se echó manos a la cabeza y gritó haciendo gestos de culpabilidad hacia mi padre, todo esto ocurrió a dos minutos andando de la residencia propiedad de la mina donde vivíamos los familiares de los trabajadores.
En aquellos tiempos no sé qué clase de policía existiría porque al llegar y ver que eran dos extranjeros y ninguno se aclaraba decidieron irse y dejar el asunto en manos de los implicados.
Mi padre armándose de valor cogió su bicicleta y cojeando emprendió el camino hacia una fuente cercana para echarse un poco de agua en la herida de la cara y liarse el pañuelo en la rodilla, mientras el yugoslavo seguía mirando su Mercedes y le gritaba a mi padre haciendo gestos con las manos de que debía pagarle el desperfecto del coche. Mientras mi padre se lavaba en la fuente, el yugoslavo cogió la bicicleta la metió en su coche y desapareció.
Mi padre se echó agua en las rodillas ya que le escocían muchísimo, cuando tuvo el pantalón arremangado, pensó en la menuda costra que le saldría, lo que ni padre en aquel momento no sabía los días de dolor y de cama que le esperaban sin poder moverse, como él decía, parecen que me han dado una paliza.
A los pocos días apareció por la residencia el yugoslavo con un intérprete queriendo hacer un trato o pacto, que si quería la bicicleta debería de pagarle la luna de su coche, mi padre le respondió que si quería que le pagase la luna que le devolviese la bicicleta nueva.
Moraleja, según mi padre “para tirar yo la bicicleta que la tire él”.
PD. Mi padre cuando se refería al yugoslavo siempre decía el “guyolavo”.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El concurso


En aquellos años de mi infancia, cuando solamente la radio era el aparato más avanzado del mercado, solía tener un lugar destacado o el más destacado de la casa.
Eran los tiempos en que las familias se reunía en torno al aparato de radio e invitaban a los vecinos que aún no las poseían para oír y escuchar las novelas, el parte y aquellos discos dedicados, que se solicitaban por carta para dedicarlos en los cumpleaños, en las comuniones, bodas, en tiempos de exámenes, en las marchas al servicio militar, en un enfado entre parejas, y otros motivos más, entre los discos más solicitados estaban los de Juanito Valderrama.
La radio era el principal medio de comunicación y recuerdo que por el año 68 o 69 en Radio Jaén hubo un concurso de redacciones escolares para niños de doce o trece años y el tema era libre, la mayoría de los colegios participaron, cogiendo el concurso un auge muy importante ya que a diario el señor locutor, Don Indalecio Morales, leía varias cartas las cuales iban pasando para el concurso final, las que no se leían las iban descartando y cayendo en el pozo del olvido, normas del concurso.
El colegio Nacional Ruiz Giménez, decidió participar con los niños del curso 7ºA que es donde yo me encontraba en el año 69, recuerdo que nuestro profesor eligió un tema para la redacción y las mejores las mandarían a la radio.
El tema como digo lo eligió profesor lo cual ya dejaba de ser libre como anunciaba la radio, el profesor eligió un tema sencillo, pidió que le escribiésemos una carta a Juanito Valderrama, maestro del cante flamenco e ídolo de aquellos años en los que triunfaba con su canción “El Emigrante” y “La Primera Comunión”.
Para tal evento nos dieron toda la tarde de un determinado día, que ya no recuerdo.
Tuve la suerte de que mi redacción fuese elegida junto a otras para mandarlas al concurso radiofónico, recuerdo que también eligieron la de un primo mío que cursaba en la misma clase. Llegando el día señalado, Don Indalecio Morales leyó para desilusión nuestra la carta de un compañero llamado Antonio… que a los pocos días recibió del colegio un diploma como agradecimiento a su colaboración, y también pusieron su foto en el cuadro de honor.
Los días siguientes a la entrega del diploma nuestro compañero se hartó de restregarnos el diploma y su buen saber hacer, la guinda la puso otro compañero que descubrió la carta original en el cajón de la mesa del profesor.
Supongo que las cartas que le escribimos no valdrían la pena y el profesor retocaría la de Antonio, y ese sería supongo, el motivo de ser la mejor.
En casa de mi abuela recuerdo que le contamos el caso a un primo nuestro mucho mayor que nosotros y tuvo la brillante idea de escribirle una carta al famoso Antonio.
Cuando se terminó de escribir la carta se le puso un sello y se la mandemos por correo.
Os cuento parte del contenido de aquella carta que comenzaba con un: “Estimado Antoñito soy Juan Valderrama y me complace felicitarte por tu estupenda carta y los halagos recibidos por parte tuya”, unos renglones más abajo dejemos caer “la bomba” con una repercusión que se nos fue de las manos, en aquellos renglones el presunto Juan Valderrama le prometía que dentro de unas semanas vendría a Jaén a visitar a su familia que vivía en la Magdalena y se pasaría por el colegio para hacerle una visita, conocerlo y entregarle un regalo.
Antonio se paseó con la célebre carta por todo el colegio, restregándonosla por nuestras narices y guardándola como oro en paño.
La dichosa carta cayó en manos del profesor que la estuvo leyendo y releyendo y viendo la magnitud del evento decidió bajas con la carta a dirección, a los pocos días llegaron unos pintores para pintas la clase, la única en todo el colegio, también se pintó el despacho del director y en la entrada al colegio pusieron varias macetas, muchas casualidades no creéis.
Bueno ahora os digo que hoy se está levantando la verdad de por qué Juan Valderrama nunca fue a Ruiz Giménez a visitar el colegio y a su alumno Antonio. Algo parecido a la película
BIENVENIDO, MISTER MARSHALL.
P.D. Antonio si conservas la carta ya la puedes tirar, es falsa.